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Los riesgos previstos de la oración PDF Imprimir E-Mail
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Escrito por Administrador   
viernes, 26 de noviembre de 2004
LOS RIESGOS PREVISTOS DE LA ORACIÓN*
Por: Roger Matos Tamayo

En este mundo turbulento los preceptores religiosos
estimulan a la gente a buscar ánimo y confianza en la oración...

Así, en nuestra diócesis, tenemos los talleres de oración del Padre Larrañaga y otras variantes del método de orar, que tanto bien han hecho en muchas personas. No obstante, existe un aspecto del que se habla muy rara vez: los riesgos graves a que la oración nos expone.

 

 

El primero es el de vernos tales como somos. No es fácil el conocernos, ni es completamente agradable. Lo que pensamos de nosotros mismos es a menudo lo que deseamos ser, no lo que en realidad somos. Sentimos inclinación a reprimir todo lo que se halla en pugna con nuestro amor propio. Descubrimos en nosotros mismos virtudes que no existen. Si algo no nos despoja de nuestras ilusiones y nos fuerza a mirar cara a cara nuestra propia verdad, puede hacernos sumamente desgraciados. Al orar nos encaramos voluntariamente con la verdad sobre nosotros mismos.

 

En nuestros tratos con Dios hemos de proceder limpiamente. Todos los subterfugios y excusas que urdimos para escondernos a nosotros mismos nuestra pobreza interior deben desaparecer. Nos colocamos frente a nuestra propia verdad cuando pedimos a Dios que nos acepte tales como somos y nos haga como debiéramos ser. Esto es el requisito previo del progreso moral, pero hiere nuestro orgullo.

 

El segundo riesgo de la oración es el de asemejarnos más a Cristo en un mundo que adora al dios Éxito. Nada hay de reprobable en el éxito. El hecho de que un hombre lo alcance no es prueba de que sea un sinvergüenza, como tampoco el hecho de que sea un fracasado demuestra que sea un santo. Las cualidades que engendran el buen éxito suelen ser admirables. Pero hay en la vida del hombre momentos en que debe escoger entre lo ventajoso y lo justo, y si escoge lo justo debe estar dispuesto a sufrir las consecuencias. Así pues, el segundo riesgo de la oración es el de asemejarnos más a Cristo en un mundo que lo crucificó.

 

El tercer riesgo es que nuestras oraciones sean oídas. Yo creo que Dios oye las oraciones, y tal creencia a veces me consuela y a veces me espanta. Hay que tener cuidado con lo que se pide al orar, porque las oraciones pueden ser oídas.

 

Así, por ejemplo, rogamos a Dios que nos haga honrados. La mayoría lo somos hasta cierto punto. Pagamos nuestras deudas; rara vez decimos una mentira sin necesidad. Sin embargo, todos los que tratamos de enfrentarnos con la verdad respecto a nosotros mismos sabemos cuanta insinceridad y disimulo esconde nuestra naturaleza. Decimos cosas que no significan lo que decimos, mostramos emociones que no sentimos; alabamos lo que secretamente nos merece censura; nos esforzamos por convencer a los demás de que somos distintos de lo que somos.

 

"Dios mío, haz de mi un hombre honrado"... pero, un momento: ¿estoy dispuesto a sacrificar mis ambiciones favoritas? ¿ Realmente quiero obrar como un hombre  honrado debe obrar, y ser lo que un hombre honrado debe ser?

 

"Hazme limpio de corazón, Dios mío"... pero pensemos en todo lo que debemos abandonar. ¿Deseamos en realidad que desaparezcan de nuestra mente las imágenes impuras y los pensamientos con que nos deleitamos, y las secretas sensualidades que apetecemos? ¿O somos como San Agustín que, según dice en sus Confesiones, rezaba así: "Que Dios me haga puro... pero todavía no"?

 

La expresión "riesgo previsto" muy utilizada en la terminología militar es un elemento de la vida cotidiana. Cualquiera que se sienta lo bastante descontento de su estado moral para experimentar la necesidad de remediarlo, cualquiera que haya tratado seriamente de mejorar su carácter y de cambiar sus hábitos sabe que eso no es juego de niños. Hay que actuar con la mano fuerte del hombre decidido que no se arredra ante una perspectiva de sangre, sudor y lágrimas.

 

Que Dios nos dé valor para correr los riesgos previstos de la oración: el de vernos a nosotros mismos tal como somos, el de asemejarnos un poco más a Cristo, y el que nuestras oraciones sean oídas.

Modificado el ( domingo, 30 de octubre de 2005 )
 

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