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Renovación Carismática: EL PELIGRO DE LAS ESTRUCTURAS |
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Escrito por Juan Carlos (Yanka)
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jueves, 07 de junio de 2007 |
EL PELIGRO DE LAS ESTRUCTURAS por Eduardo Basombrío
Las estructuras, cuando no son las establecidas por Dios en sus proyectos, se vuelven contra nosotros. Por estructuras entendemos los criterios limitados, los falsos discernimientos que el hombre, por más “religioso” que sea, arma en su intimidad, de tal manera que fácilmente se fanatiza con ellos y se ciega para abrirse a la verdad revelada.
La Iglesia tiene una estructura divina El cristianismo tiene una estructura divina que supera infinitamente cualquier estructura humana. Confiar en las que vamos formando al margen de la verdad revelada, se muestra de pronto inservible para permanecer en la divina. Es lo que pasó con los judíos del tiempo de Jesús. Estructuraron la Revelación y las Escrituras. En lugar de poner a Dios por encima de todo, rompieron el orden de prioridades establecido por Dios. No todos ellos actuaron siempre según los pensamientos y proyectos de Dios. Por el contrario, intervinieron con un enjambre de estructuras y criterios humanos rígidos que terminaron por obnubilar la verdad revelada y así, no la entendieron. Jesús les dice a ellos: “Ustedes investigan las Escrituras pensando hallar en ellas la vida eterna; ellas son las que dan testimonio de mí, pero ustedes no quieren venir a mí para tener vida” (Jn 5, 39-40). Ellos se habían trazado una estructura mental: “Basta leer las Escrituras e interpretarlas según nuestros buenos oficios”. Pero cuando se obra así es tan sólo para acomodar la Palabra divina a los propios criterios humanos y anularla o limitarla. El proyecto del Padre es ir primero a las personas divinas y tener con ellas un encuentro personal. Dejarse interpelar por su Palabra. Dejarse guiar por él. Obedecer sus mandatos y no crear imprudentemente mandatos humanos. Ello es más importante que la sola Escritura interpretada por cualquiera, sobre todo si no tiene autoridad divina para ello. El mismo Dios nos ha revelado los criterios divinos de la verdad revelada y su discernimiento. De este modo, él mimo nos asegura la correcta interpretación de su Revelación. El riesgo de cerrarse en las propias estructuras mentales (criterios propios) Los judíos estaban tan cerrados en ellas que no hubo lugar siquiera para reconocer al Mesías prometido y anunciado en el Antiguo Testamento. Ellos conocían muy bien las Escrituras. Sin embargo, éstas fueron absorbidas por el propio criterio, siguiendo una estructura determinada sobre la Revelación, al modo humano, que imposibilitó el reconocimiento del Mesías en muchos judíos. Todavía lo pueden hacer. La Escritura para ellos es la misma. La estructura divina Ésta pertenece a la ciencia y a la sabiduría divinas, muy por encima de toda ciencia y sabiduría humanas. Por eso es necesaria la fe. Ésta no estriba en la sabiduría de los hombres sino en el poder de Dios (1 Co 2, 5). La estructura de Dios sigue siempre la lógica divina. Por eso es muy fácil que desoriente al ser humano aun siendo religioso, cuando éste se halla aferrado a sus propios criterios. Por eso es necesario renunciar a uno mismo para penetrar en la verdad revelada, sin poner obstáculos humanos. Jesucristo condena drásticamente aquella actitud equivocada de todo religioso ni bien pretende cambiar y hasta reformar los proyectos de Dios. ¿Acaso podemos reformar lo que Dios ha realizado? Jesús le dice a Pedro: “¡Apártate de mí Satanás! Escándalo eres para mí, porque tienes pensamientos que son de los hombres y no los de Dios” (Mt 16, 23). Pedro, en esta ocasión, quería impedirle a Jesús subir a Jerusalén, porque corría el riesgo que lo mataran. Sus estructuras humanas lo traicionaron. La sutileza del enemigo Lo sabemos desde la primera caída del hombre ¡Con qué sutileza demoníaca aparecen los criterios propios para suplantar los divinos! Pedro se había hecho una estructura mental fija: “Jesús no debía morir. ¡Si él era Dios! Por lo tanto, no debía ir a Jerusalén”. Como todo lo estructurado por nosotros nos condiciona para obrar según la estructura preestablecida. No se le ocurrió pensar que estaba impidiendo los designios de Dios. Pedro pensó que con el sentimiento que tenía por Jesús jamás podría negarlo. Pero lo negó tres veces. Juan y Santiago pensaron que tenían un discernimiento extraordinario. Compartían la falsa estructura que con ese discernimiento podían arrojar fuego sobre los samaritanos que no recibieron bien a Jesús. Jesús reprendió a ambos (Lc 9, 55). Con el mismo falso discernimiento Juan pensó que debía impedir a un hombre que expulsara demonios en el nombre de Jesús, porque “no venía con ellos” y Jesús lo reprendió (Lc 9, 49-50). Lo que nos dice la Iglesia Benedicto XVI, cuando era Prefecto para la doctrina de la fe, decía que “la Iglesia deberá permanecer siempre abierta a los imprevistos e improgramables llamados del Señor” (CMME, Discurso de inauguración). Por eso, “allí donde irrumpe el Espíritu Santo, colapsan los proyectos de los hombres” (Id.). La de Dios es una estructura dinámica e imprevisible para nosotros. Con frecuencia el Espíritu Santo que debe guiarnos en todo, como lo hizo con Cristo, nos echa abajo la estantería que hemos armado, a veces, por largos años y con tanto cuidado. No entendemos la acción del Espíritu, porque no lo conocemos suficientemente. Para seguir las estructuras divinas debemos estar dispuestos siempre a estos imprevisibles cambios que nos trae la eterna novedad. Así han hecho todos los santos. Ellos son “como el viento”. Somos escándalo para Cristo, cada vez que nos lanzamos a tomar su Revelación para acomodarla a nuestras estructuras mentales. Por esto mismo nos decía el ex Cardenal con toda exactitud: “La Iglesia es enteramente ella misma sólo a partir del momento en que se trascienden los criterios y las modalidades de las instituciones humanas” (Id.). La crítica mundana, que a veces también se infiltra en la misma Iglesia, no ha comprendido que “la Iglesia es una criatura del Espíritu Santo” (Id). “Vivimos un momento privilegiado del Espíritu Santo” Así hablaba Pablo VI (EN, 75). El entonces Cardenal Ratzinger no olvidó esta realidad eclesial y comentó en el mismo Discurso citado: “He aquí, de pronto, algo que nadie había planeado. He aquí que el Espíritu Santo, por así decirlo, había pedido de nuevo la palabra. Y en hombres jóvenes y mujeres jóvenes (y no tan jóvenes. Nota del autor) renacía la fe, sin “peros”, sin engaños, sin escapatorias, vivida en su integridad, como don, como regalo precioso que ayuda a vivir. No faltaron ciertamente aquellos que se sintieron molestos en sus debates individuales, en sus modelos de una Iglesia completamente diversa, construida en torno a la mesa, según la propia imagen”. O sea, sobre la base de estructuras propias. Esta última actitud de no pocos miembros de la Iglesia refleja al vivo el encierro en la propia idea que se han formado de la Iglesia. ¿Cómo conocer entonces la vida en el Espíritu que deshace tales estructuras? De aquí surgen las prohibiciones indebidas, las condenas fáciles, los juicios temerarios y los escándalos injustificados. Así se sofoca al Espíritu que guía “a la Iglesia y a las almas a través de sus gracias y celestiales carismas” (León XIII. Dim, 2). Como escribas y fariseos que no aceptaron al Mesías, éstos se hacen reticentes a aceptar la acción eclesial del Paráclito. No quieren o no saben dejarse guiar por él, “como el viento”, con la libertad de los hijos de Dios. Ignoran u omiten que esto mismo lo hacen los carismas y que éstos forman parte esencial de la constitución divina de la Iglesia (Juan Pablo II. CMME. Mensaje, 5. Discurso, 4). Así se evangeliza tantas veces sin tener en cuenta el Bautismo en Espíritu Santo y fuego que nos hace testigos de Cristo (Hch 1, . Éstos se hallan lejos del Magisterio de la Iglesia, a pesar de su protesta de fidelidad al mismo, devorados por las estructuras personales. Han olvidado que el Espíritu Santo es Alma de la Iglesia; que obedecer al Magisterio es obedecer a Cristo (Lc 10, 16) y signo de ser guiados por el Espíritu Santo (1 P 1, 2; 1 Jn 4, 6). La advertencia del Cardenal Ratzinger “Es necesario que se diga alto y fuerte a las Iglesias locales (parroquias), incluso a los obispos (diócesis), que no deben consentir a pretensiones de uniformidad absoluta en las organizaciones y programaciones personales. No se pueden elevar sus propios proyectos como modelos fijos de lo que está consentido actuar al Espíritu Santo. Frente a meros proyectos puede suceder que las Iglesias se conviertan en impenetrables al Espíritu Santo. “No es lícito que todo deba encasillarse en una organización unitaria. ¡Mejor es menos organización y más Espíritu!” (CMME, Discurso de inauguración). Podríamos preguntarnos por qué. Porque el Espíritu Santo es la mejor organización. La mejor estructura. ¡La de él! El panorama religioso presente ¿Qué es esto que se quiere encerrar entre cuatro paredes? ¿Una Iglesia “Tradicional” o más bien una Iglesia languideciente? Si realmente fuera tradicional “debería permanecer en lo que hemos escuchado desde un principio” (1 Jn 2, 24), ¡sin omitir nada! ¡Cuántas cosas importantes se han omitido en la praxis pastoral con la excusa de una “Tradición” que no lo es! Deberíamos reconocerlo por sus escasos frutos, por su retroceso e ineficacia. Éstos no recuerdan todo lo que nos ha dicho Jesús. Omiten la acción del Espíritu, sus carismas; desobedecen a la autoridad legítima de la Iglesia en su Magisterio y a los papas (reciente cisma de Mons. Lefebvre). ¡Signo de andar sin el Paráclito (cf. 1 P 1, 2)! ¿Qué es entonces, esta “otra” Iglesia? ¿Acaso la Iglesia “progresista”? ¡De ninguna manera! Es la Iglesia tradicional por excelencia, que permite el progreso dogmático con todo fundamento y la mejor adaptación de los cambios contemporáneos a la Revelación. Ella como criatura del Espíritu es inmutable. Es el fundamento de su ser tradicional. Las verdades de Dios no cambian: “Mi Palabra jamás pasará”. Desde el bautismo sacramental es también renovable. Renovarse es hacer siempre actual lo eterno. Por eso también es progresista. Se mueve y progresa con los mismos principios eternos de vida eterna. Es lo que hacen los Papas, los Concilios; es lo que hacen los profetas; es lo que hacen los santos de siempre. Conclusión Quedar atrapados en la propias estructuras que concebimos nosotros y no Dios, es crearnos una Iglesia “desde nosotros mismos”, como decía el ex Cardenal Ratzinger; es provocar el escándalo de Cristo por tener pensamientos que son de los hombres y no los de Dios (Mt 16, 23). Por eso este Cardenal decía: “Que la Iglesia no sea una institución nuestra, sino la irrupción de algo distinto. Dado que su naturaleza es de derecho divino, se sigue que nosotros no podemos creárnosla desde nosotros mismos” (Obra citada). ¡Nadie lo puede hacer! Eduardo Basombrío http://www.editorialkyrios.com.ar/kyrios_default.htm |
nos puede llevar a veces a la tentación Escrito por Yanka el 2007-06-11 11:48:19 Ver plan pastoral episcopal Española (2000-2005) "UNA IGLESIA ESPERANZADA, MAR ADENTRO. PRIORIDADES PASTORALES, PUNTO 3-a) COMUNIÓN ECLESIAL EN EL AMOR DE CRISTO (Nº 50-51): "«50. También nos alegra ver que nuestra Iglesia, en consonancia con las orientaciones del Concilio Vaticano II se está haciendo más participativa y creando cauces de corresponsabilidad: la teología ha rescatado los valores de la eclesiología de comunión; se ha enriquecido la vida eclesial con nuevos carismas; se están desarrollando las estructuras y órganos participativos: Sínodos, consejos presbiterales, pastorales, de economía, etc.; los laicos van asumiendo muchas tareas dentro de la Iglesia, según corresponde al sacerdocio común de los fieles. Al fortalecer estos medios de participación, hemos de alimentar a los cristianos con una verdadera espiritualidad eclesial, ya que sin ella los organismos y estructuras de comunión y de participación “se convertirían en medios sin alma, máscaras de comunión, más que sus modos de expresión y crecimiento”[49]. 51. En nuestra Iglesia hemos crecido en organización y estructuras pastorales, lo mismo que en planificación y programación. Estas realidades, que pertenecen al organismo social de la Iglesia, son consecuencia del misterio de la Iglesia, que es a la vez espiritual y visible, en analogía con el misterio del Verbo encarnado; y han de estar al servicio del Espíritu de Cristo, que le da vida para que el cuerpo crezca[50]. La misma dinámica de las estructuras nos puede llevar a veces a la tentación de confiar más en nuestra capacidad de organizar y programar que en la gracia de Cristo, por lo que hemos de afirmar en la teoría y en la práctica la primacía de la gracia[51]. También nos parece que podemos estar atrapados por un exceso de organización y olvidarnos de que la Iglesia es sobre todo un organismo vivo, el Cuerpo místico de Cristo, y que lo prioritario es la atención a las personas y engendrar vida. "» ============================================================
======================== [49] NMI 43. [50] Cf Lumen Gentium, 8. [51] Cf NMI 38. ========================================================= | Aguar el Evangelio Escrito por Yanka el 2007-06-11 11:49:43 Aguar el Evangelio JOSÉ ANTONIO PAGOLA Quienes han bebido de otras aguas podrán gustar en Cristo un «vino nuevo», una experiencia buena de Dios. Algo de esto quiere decir el relato de las bodas de Caná. Desgraciadamente siempre es fácil «aguar» el evangelio y olvidar su sabor original. Basta perder la perspectiva de Jesús. El profeta de Galilea no pensó en otra cosa sino en llamar a las gentes a vivir acogiendo «el reino de Dios y su justicia». Para él, todo lo demás era secundario. Veinte siglos después, nosotros vivimos ocupados en cuestiones doctrinales y morales que pueden ser legítimas para organizar bien una religión, pero que más de una vez nos distraen de lo primero que interesa a Dios: que los pobres, los hambrientos y los que lloran, puedan ser más felices. Propiamente, Jesús no enseñó una doctrina para ser aprendida por sus seguidores, sino que anunció un acontecimiento que pide ser buscado y acogido. Según él, Dios está ya actuando en este mundo invitando a todos a buscar un orden de cosas más humano y más justo. A nosotros nos parece muy importante saber qué pensamos de Dios. Jesús, por el contrario, soñaba en que hubiera en la tierra hombres y mujeres que comenzaran a actuar como actúa Dios. Era su obsesión: ¿cómo sería la vida si la gente se pareciera más a Dios? Jesús gritaba: «Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso». Era su llamada primera y más importante. Por eso enseñaba a todos a mirar a las personas de manera diferente: los pecadores eran sus amigos, las prostitutas le parecían más dignas que muchos piadosos, los últimos eran para él los primeros, los enfermos constituían su debilidad... ¿Qué ha sido de la mirada compasiva de Jesús? Para nosotros, las prostitutas son prostitutas, los pecadores son pecadores mientras no se conviertan, y los últimos son los últimos. Uno de los peligros que nos amenaza hoy a los cristianos es vivir correctamente dentro de una religión organizada, sin atender ni entender en su verdad original el evangelio de Jesús. Lo que saboreamos no es muchas veces el «vino nuevo» aportado por él, sino el cristianismo «aguado» por nosotros mismos. ================== la vOz del evanGeliO I ================== | saludos afectuosos Escrito por 1El amado el 2007-06-21 11:13:38
dios los bendiga tenemos que caminar en obediencia a la iglesia pero eso no quiere decir que seamos tontos y atontados y nos alienemos SIEMPRE DISCERNIR TODO CON LA ASISTENCIA DEL ESPIRITU SANTO | Crítica solapada Escrito por lffv el 2007-10-28 03:57:52 Éste artículo, a pesar que se cita reiteradamente a S.S. Benedicto XVI, me parece una crítica solapada a la Santa Iglesia Católica, Apostólica y Romana. | ¿Permite la Iglesia opinar libremente? Escrito por Yanka el 2007-11-25 22:52:44 ¿Permite la Iglesia opinar libremente? “In dubiis libertas, in necesariis unitas, in omnia charitas”, "En la duda libertad, en lo necesario unidad, en todo caridad". Con esta sentencia de San Agustín se ponía fin a una larga discusión sobre los márgenes de acción intelectual que los cristianos teníamos dentro de la Iglesia. ¿Qué quiere decir esto? Que salvo en materias que son dogmas de fe - es decir, son obligatorias siempre y en todo lugar para todos los católicos sin excepciones ni restricción, debemos creer aquello que la Iglesia nos manda creer y que el Santo Padre ha enseñado con las estrictas condiciones que supone su infalibilidad - tenemos libertad de opinar y pensar lo que sea siempre que nos mantengamos fieles en el espíritu a las dos fuentes de revelación que son las Sagradas Escrituras y la tradición. A quienes estudiamos con frecuencia el legado de los Santos Padres y los escritos y documentos que depositaron en nuestras manos todos los santos, papas, concilios, etc., nos resulta difícil conciliar el contraste patente entre el espíritu de libertad y de vida bullente de los primeros tiempos y de la Edad Media con el espíritu moderno que suprime muchas veces esta libertad en pro de una mal entendida fidelidad al Sumo Pontífice o a la Iglesia. Y la verdad es que tenemos libertad de opinión en todo lo que deseemos mientras no caigamos en contradicción con lo dogmático. En las universidades medievales, por ejemplo, podíamos ver enfrentarse santos respecto a materias importantes sin que por esto se excomulgasen mutuamente, se condenasen o la Iglesia apartase a uno de ellos en beneficio de otro por su simple opinión, aún cuando fuese manifiestamente contraria al pensamiento general de los fieles y del magisterio. Pongamos un ejemplo para ilustrar mejor la cuestión: santos, papas y documentos de primer nivel apoyan la idea de que María Santísima no murió sino que durmió y desde ese estado fue elevada en cuerpo y alma a los cielos. Otra porción de santos, papas y documentos apoyan la idea de que murió y fue elevada en cuerpo y alma a los cielos. ¿Qué es obligatorio creer de esto? Lo que el rosario nos recuerda, esto es, que subió al cielo en cuerpo y alma. Los motivos a favor de la primera tesis son los siguientes: si Nuestra Señora fue concebida sin pecado (dogma de la Inmaculada Concepción, obligatorio de creer) no pudo morir ya que esto es consecuencia del pecado original. Dios, entonces, la habría preservado de esta penosa circunstancia y habría querido hacerla en todo hija predilectísima de Su corazón y la habría atraído al cielo en las condiciones comentadas. La segunda tesis cree ver en Nuestra Señora un amor tal a su Hijo que quiso compartirlo todo con Él, incluso la muerte. Por lo mismo, habría muerto y luego habría ascendido a los cielos como decíamos. En lo personal, me inclino por la primera afirmación, sin embargo todo católico tiene libertad para pensar, argumentar y creer cualquiera de las dos formas mientras no niegue su asunción a los cielos. Impresiona mucho a los seglares poco acostumbrados al estudio de la historia de la Iglesia y de la teología que una materia tan importante y que toca a la criatura más importante del universo, por quien tenemos más amor que a ningún otro ser creado, esté sujeta a tamaña libertad de opinión. Sin embargo, ni los primeros ni los segundos son herejes, cismáticos o infieles a la Iglesia, ni pecan de falta de devoción a la Santísima Virgen. Y así como es en este tema, lo es con muchísimos otros. Las únicas condiciones que nos pide la Santa Iglesia, madre y maestra de la Verdad, son que mantengamos caridad en todo momento del debate, fidelidad a la doctrina, respeto por los pastores y espíritu de unión con las verdades primordiales reveladas por Dios en las Sagradas Escrituras y la tradición de la Iglesia. Hoy en día asumimos con demasiada frecuencia, lamentablemente, tesis fundamentalistas y fanáticas que cierran toda puerta al crecimiento espiritual de la Iglesia. Y es que sólo la autoridad eclesiástica puede condenar una tesis como herética. Tengo a mano una edición del Catecismo Mayor prescrito por SS Pío X (Ediciones Magisterio Español, Madrid, 1973) que recomiendo a los lectores por constituirse como un breve manual de fe que conviene estudiar diariamente para formarnos en doctrina. Aquí leemos: “¿Quiénes están fuera de la verdadera Iglesia? – Están fuera de la verdadera Iglesia los infieles... ... los herejes, que son los bautizados que rehusan creer una verdad revelada por Dios y enseñada como de fe por la Iglesia católica; por ejemplo, los arrianos, los nestorianos y varias sectas de los protestantes. ... los apóstatas, que son los que abjuran, esto es, niegan con acto externo la fe católica que antes profesaban. ...Los cismáticos, que son los cristianos que, sin negar explícitamente ningún dogma, se separan voluntariamente de la Iglesia de Jesucristo, esto es, de sus legítimos Pastores. ...los excomulgados, que son aquellos que por faltas gravísimas son castigados por el Papa o por el Obispo con la pena de excomunión, en cuya virtud son, como indignos, separados del cuerpo de la Iglesia que espera y desea su conversión” (artículos 226, 229, 230, 231 y 232). Cito esto para ilustración de los lectores y para ayudar a la comprensión de las verdaderas dimensiones del cisma o de la apostasía. Quiero decir que no rompiendo la unión con el Santo Padre como autoridad y con la fe como dogma, tenemos plena libertad de acción. Por prudencia la Iglesia ha debido condenar muchos excesos contemporáneos, pero no por eso debemos asfixiar la libertad de pensamiento y de acción que existe en la Iglesia. El Señor nos enseña que la Iglesia es un gran árbol, con una copa inmensa y acogedora, en la cual distintos pájaros vienen a hacer sus nidos en diferentes ramas. ¿Cómo no conmovernos ante esta bellísima descripción de la Iglesia? Benedictinos y franciscanos, jesuitas y carmelos, cartujos y salesianos... ¿No son en apariencia contradictorios o muy distintos si se analizan inflexiblemente y por partes? No, porque cada pertenece a este gran árbol y ninguno de ellos se aparta de la Iglesia, como nadie se aparta por sostener opiniones distintas a las que otros sostengan. Queda un último factor importante de resaltar: la falsa obediencia a la autoridad eclesiástica. Con esto deseo señalar un error frecuente que observo en los fieles y consiste en creer que por la misma investidura toda opinión emanada de la autoridad debe ser asumida como dogma de fe. Y sabemos que la Iglesia se compone de hombres y que los hombres son falibles. No digo con esto que necesariamente toda la enseñanza de la Iglesia sea errada, ya que esto constituiría una aberración por negar la acción del Espíritu Santo en la Iglesia. Si un sacerdote opina como mejor el color rojo para un automóvil, y yo creo como mejor el verde, no por eso me expongo a la excomunión o al cisma. Y así con todo lo que no sea materia de fe y de dogma. Junto con esto se presenta anexo otro problema y es una falsa humildad. Todos los fieles podemos opinar aunque la prédica esté reservada sólo a los consagrados por sacramento para ello. Es decir, los fieles también pueden y deben opinar mientras lo hagan con conocimiento, buena fe y celo por la salvación de las almas. El código de derecho canónico nos recuerda que los fieles juegan un papel auxiliar en la labor pastoral del Obispo y que constituye una obligación indicar y anunciar los problemas y perspectivas que pueden contribuir a su mejor gobierno. Aún incluso podríamos diferir de la opinión del Santo Padre, sin caer en cisma, apostasía, herejía o excomunión. Descarto, evidentemente la rebelión abierta o escondida, el espíritu pecaminoso de contradicción, la exhibición fatua de conocimientos o incluso la maliciosa interpretación de sus pronunciamientos. Nosotros le obedecemos por amor y fidelidad, pero sus pronunciamientos y documentos no son dogmáticos sino directivas pastorales importantísimas para el buen gobierno de la Iglesia y del mundo. ¿Qué quiere decir esto? Que cualquier autoridad puede equivocarse, como cualquier laico puede equivocarse. Sólo el Santo Padre, y en las condiciones especialísimas denominadas ex cátedra, es infalible aquí, ahora y en todo momento y lugar. Deseo llamar a los lectores a una profunda reflexión sobre el estado de abatimiento en el trabajo intelectual dentro de la Iglesia y a estimularles recordándoles la virtuosa libertad para trabajar en todo aquello que sea importante para la salvación de las almas, la gloria de Dios y el advenimiento de Su Reino. Para ello no es necesario que caigamos dentro del renacentista defecto del intelectualismo hermético en sus términos y arduo en su exposición. Discutamos, como en las épocas primaverales de la espiritualidad cristiana, y luchemos por echar luz y sabor al mundo según la máxima evangélica: Iglesia somos todos, y el Santo Padre nos llama, nos urge a una nueva evangelización, nueva en métodos y eterna en principios que la inspiran. Dios sea alabado y María glorificada en sus santos, sus mártires y todos los devotos fieles que les aman de verdad. Fuente: Revista Cristiandad Autor: cristiandad.orgnullnullnullnull | en el sur todo esta bien una forma d Escrito por mauriciorene el 2009-09-24 04:49:26 me llama la atención el titulo y me demuestra la hipocresía como gana a mil a la verdad estamos en la casa de Dios y decimos que hay que respetar la obediencia aunque este todo mal y faltamos a la verdad asi se destruyen las estructuras en donde no se comparte se compite muy bueno el tema y que profundizarlo mas en las comunidades sienpre leo sus escritos y aprendo un montón de ellos. Rene de Tierra del Fuego |
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Modificado el ( viernes, 08 de junio de 2007 )
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