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EL CELIBATO SACERDOTAL Como aclaración, antes de abordar este aspecto que hace a una de las condiciones del ser “sacerdote” de nuestra Iglesia Católica, he de señalar algunas cuestiones previas. Hay cosas que son obvias que, pero por evidentes, pueden pasar desapercibidas. Una de ellas es que una cosa es el celibato, otra el sacerdocio y otra el celibato sacerdotal. Aquí solamente voy a desarrollar el último aspecto.- Celibato viene de la palabra latina “caelebs” que significa soltero. Entonces el “celibato” es no tomar estado de matrimonio. En rigor, en el mundo hay muchísimas personas célibes, tanto hombres como mujeres.- Los motivos para adoptar esa decisión libremente, serán diversos pero respetables: no solo por trabajar por el reino de los cielos que si será la opción en el caso de los sacerdotes como veremos.- Otra cosa distinta es la abstinencia sexual. No es irrelevante para la cuestión del celibato sacerdotal pero si secundaria, por cuanto no es su causa sino su consecuencia. El celibato sacerdotal exige a los sacerdotes “no tomar estado de matrimonio” es decir, les prohíbe casarse. Como, al fin y al cabo, el sexto mandamiento también les incumbe a ellos, pues necesariamente habrán de practicar la abstinencia sexual.- No es que no puedan casarse porque se les exija la abstinencia sexual, sino que tienen que vivir la abstinencia sexual porque se les prohíbe casarse. Es otra obviedad, pero conviene aclararla, teniendo en cuenta que la consecuencia natural y altamente probable del matrimonio es engendrar hijos y formar con ellos una familia, podemos decir que la obligación del celibato sacerdotal implica la prohibición a los sacerdotes de formar una familia tradicional. Esa afirmación es rigurosamente cierta. Entrando ya en el tema específico, se podría decir como primera premisa que el celibato es un consejo evangélico que Jesucristo vivió y dejó. Este “consejo evangélico” ha sido tomado como norma en nuestra Iglesia Católica. Así vemos en San Pablo, en 1 Cor 7,7-9 “Mi deseo sería que todos los hombres sean como yo; mas cada cual tiene de Dios su gracia particular: unos de una manera, otros de otra. No obstante, digo a lo célibes y a las viudas: bien les está quedarse como yo”. Todos sabemos que Pablo se refiere expresamente a quedarse soltero, ya que él siempre lo fue. También podemos citar lo que San Pablo nos sigue enseñando en la misma carta versículos 32-34 “…El que no está casado se preocupa de las cosas del Señor, de cómo agradar al Señor. Al contrario, el que está casado, se preocupa de las cosas del mundo, de cómo agradar a su esposa, y está dividido. Ciertamente, no es conveniente que esté dividido quien ha sido llamado para ocuparse, como sacerdote, de las cosas del Señor. Como dice el Concilio, el compromiso del celibato, derivado de una tradición que se remonta a Cristo, "está en múltiple armonía con el sacerdocio [...]. Es, en efecto, signo y estímulo al mismo tiempo de la caridad pastoral y fuente peculiar de fecundidad espiritual en el mundo" (Presbyteeeeerorum ordinis). De esto se pude seguir que el celibato, en cierta forma, más que limitar la libertad, la aumenta, porque es una posibilidad más al alcance del ser humano, lo que redunda en “gracia de Dios” y por “la Gracia de Dios.- Pero es que el mismo Señor Jesucristo habla sobre el valor e importancia de permanecer célibe y lo hace con fuerte lenguaje semítico otra renuncia exigida por el reino de los cielos, a saber, la renuncia al matrimonio. Veamos: Según San Mateo, Jesús hace el elogio del celibato voluntario inmediatamente después de reafirmar la indisolubilidad del matrimonio. Dado que Jesús prohíbe al marido repudiar a su mujer, los discípulos reaccionan: «Si tal es la condición del hombre respecto de su mujer, no trae cuenta casarse». Y Jesús responde, dando al «no trae cuenta casarse» un significado más elevado: «No todos entienden este lenguaje, sino aquellos a quienes se les ha concedido. Porque hay eunucos que nacieron así del seno materno, y hay eunucos que se hicieron tales a sí mismos por el reino de los cielos. Quien pueda entender, que entienda» (Mt 19, 10-12). Es decir, que se han comprometido con el celibato para ponerse totalmente al servicio de la "buena nueva del Reino" (cf. Mt 4, 23; 9, 35; 24, 34). Al afirmar esta posibilidad de entender un camino nuevo, que era el que seguía él y sus discípulos, y que tal vez suscitaba la admiración o incluso las críticas del entorno, Jesús usa una imagen que aludía a un hecho muy conocido, la condición de los eunucos. Éstos podían serlo por una deficiencia de nacimiento, o por una intervención humana; pero añade inmediatamente que había una nueva clase, la suya, es decir, los eunucos por el reino de los cielos. Era una referencia clarísima a la elección realizada por él y sugerida a sus seguidores más íntimos. Jesús abre una perspectiva innovadora: elegir voluntariamente por el reino de los cielos esa situación. Jesús atrae la atención hacia el don de luz divina que es necesario incluso para entender el camino del celibato voluntario. “No todos lo pueden entender”, en el sentido de que no todos son capaces de captar su significado, de aceptarlo y de ponerlo en práctica. Este don de luz y de decisión sólo se concede a algunos. Es un privilegio que se les concede con vistas a un amor mayor. No hay que asombrarse, por tanto, de que muchos, al no entender el valor del celibato consagrado, no se sientan atraídos hacia él, y con frecuencia ni siquiera sepan apreciarlo. Eso significa que hay diversidad de caminos, de carismas de funciones, como reconocía San Pablo, el cual hubiera deseado espontáneamente compartir con todos su ideal de vida virginal. Por lo demás, como afirmaba santo Tomás, «de la variedad de los estados brota la belleza de la Iglesia» (Summa Theol., II-II, q. 184, a. 4). En definitiva, Jesús mismo no enseña que la continencia también puede ser voluntaria y el hombre puede elegirla «por el reino de los cielosAl hombre se le pide un acto de voluntad deliberada, consciente del compromiso y del privilegio del celibato consagrado. No se trata de una simple abstención del matrimonio, ni de una observancia no motivada y casi pasiva de las reglas impuestas por la castidad. El acto de renuncia tiene su aspecto positivo en la entrega total al reino, que implica una adhesión absoluta a Dios amado sobre todas las cosas y al servicio de su reino. Por consiguiente, la elección debe ser bien meditada y ha de provenir de una decisión firme y consciente, madurada en lo más íntimo de la persona. El concilio Vaticano II advierte que la aceptación y la observancia del consejo evangélico de la virginidad y del celibato consagrados exige «la debida madurez psicológica y afectiva» (Perfectae caritatis, 12). Esta madurez es indispensable. Asimismo vemos que Cristo no vaciló en pedir a quienes escogía como apóstoles que dejaran todo para seguirlo. Dejarlo todo significa también renunciar a formarse una propia familia. Jesús, mejor que nadie, sabía que esa renuncia requiere mucha generosidad porque supone el don total de sí mismo. Al ser Señor absoluto de la vida humana, Él invitó a sus apóstoles a comprometerse en ese don porque veía toda su fecundidad. Cuando Jesús llamó a Pedro, éste estaba con su padre, y no solo dejó su oficio de pescador sino que también dejó a su familia para seguirlo.- Es verdad, entonces, que el celibato consagrado requiere una gracia especial, porque es un ideal que supera las fuerzas de la naturaleza humana y sacrifica algunas de sus inclinaciones. Pero el Señor, que ha guiado a su Iglesia en la elección de este camino, no dejará de conceder esa gracia a quienes llama al sacerdocio. Mediante ese don de lo alto, podrán asumir dicho compromiso y permanecer fieles a él durante toda la vida. (Lo mismo que sucede con los casados, ya que no olvidemos el sacramento del matrimonio que es gracia de Dios y que hay que hacerla crecer).- Es necesario pedir la gracia de comprender el celibato sacerdotal, que sin duda alguna encierra cierto misterio: el de la exigencia de audacia y de confianza en la fidelidad absoluta a la persona y a la obra redentora de Cristo, con un radicalismo de renuncias que ante los ojos humanos puede parecer desconcertante. Jesús mismo, al sugerirlo, advierte que no todos pueden comprenderlo (cf. Mt 19, 10.12). "Bienaventurados los que reciben la gracia de comprenderlo y siguen fieles por ese camino! El ideal concreto de esa condición de vida consagrada es Jesús, modelo para todos, pero especialmente para los sacerdotes. Vivió célibe y, por ello, pudo dedicar todas sus fuerzas a la predicación del reino de Dios y al servicio de los hombres, con un corazón abierto a la humanidad entera, como fundador de una nueva generación espiritual. Su opción fue verdaderamente "por el reino de los cielos" (cf. Mt 19, 12). Es verdad que en las Iglesias orientales muchos presbíteros están casados legítimamente según el derecho canónico que les corresponde. Pero también en esas Iglesias los obispos viven el celibato y así mismo cierto número de sacerdotes. La diferencia de disciplina, vinculada a condiciones de tiempo y lugar valoradas por la Iglesia, se explica por el hecho de que la continencia perfecta, como dice el Concilio, "no se exige, ciertamente, por la naturaleza misma del sacerdocio" (ib.). No pertenece a la esencia del sacerdocio como orden y, por tanto, no se impone en absoluto en todas las Iglesias. Sin embargo, no hay ninguna duda sobre su conveniencia y, más aún, su congruencia con las exigencias del orden sagrado. Forma parte, como se ha dicho, de la lógica de la consagración. Jesús, con su ejemplo, daba una orientación, que se ha seguido. Según los evangelios, parece que los Doce, destinados a ser los primeros en participar de su sacerdocio, renunciaron para seguirlo a vivir en familia. Los evangelios no hablan jamás de mujeres o de hijos cuando se refieren a los Doce, aunque nos hacen saber que Pedro, antes de que Jesús lo hubiera llamado, estaba casado (cf. Mt 8, 14; Mc 1, 30; Lc 4, 38). Jesús no promulgó una ley, sino que propuso un ideal del celibato para el nuevo sacerdocio que instituía. Ese ideal se ha afirmado cada vez más en la Iglesia. Puede comprenderse que en la primera fase de propagación y de desarrollo del cristianismo un gran número de sacerdotes fueran hombres casados, elegidos y ordenados siguiendo la tradición judaica. Sabemos que en las cartas a Timoteo (1 Tm 3, 2.3) y a Tito (1, 6) se pide que, entre las cualidades de los hombres elegidos como presbíteros, figure la de ser buenos padres de familia, casados con una sola mujer (es decir, fieles a su mujer). Es una fase de la Iglesia en vías de organización y, por decirlo así, de experimentación de lo que, como disciplina de los estados de vida, corresponde mejor al ideal y a los consejos que el Señor propuso. Basándose en la experiencia y en la reflexión, la disciplina del celibato ha ido afirmándose paulatinamente, hasta generalizarse en la Iglesia occidental, en virtud de la legislación canónica. No era sólo la consecuencia de un hecho jurídico y disciplinar: era la maduración de una conciencia eclesial sobre la oportunidad del celibato sacerdotal por razones no sólo históricas y prácticas, sino también derivadas de la congruencia, captada cada vez mejor, entre el celibato y las exigencias del sacerdocio. Esas son razones de noble elevación espiritual, que podemos resumir en los siguientes elementos esenciales: una adhesión más plena a Cristo, amado y servido con un corazón indiviso (cf. 1 Co 7, 32.33); una disponibilidad más amplia al servicio del reino de Cristo y a la realización de las propias tareas en la Iglesia; la opción más exclusiva de una fecundidad espiritual (cf. 1 Co 4,15); y la práctica de una vida más semejante a la vida definitiva del más allá y, por consiguiente, más ejemplar para la vida de aquí. Esto vale para todos los tiempos, incluso para el nuestro, como razón y criterio supremo de todo juicio y de toda opción en armonía con la invitación a dejar todo, que Jesús dirigió a sus discípulos y, especialmente, a sus Apóstoles. Por esa razón, el Sínodo de los obispos de 1971 confirmó: "La ley del celibato sacerdotal, vigente en la Iglesia latina, debe ser mantenida íntegramente" (L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 12 de diciembre de 1971, p. 5). Y actualmente el Papa Benedicto XVI ha mantenido y ratificado en todos sus términos.- |