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JESÚS DIO SU VIDA POR DÉBORA (Parte 20 de 24) PDF Imprimir E-Mail
Escrito por EDUARDO ESTEBAN FERREYRA   
martes, 10 de noviembre de 2009

      Empecemos ahora a resumir lo que sucedió durante el mes previo a los acontecimientos que de alguna manera dieron sentido a que contara esta historia. Uno de ellos es muy difícil de ubicar cronológicamente y hablaremos de él en primer término, pero ya nadie recuerda en qué momento de aquel mes tuvo lugar, porque se trató simplemente de una pesadilla de Lucy. Sin embargo, fue una pesadilla que, extrañamente, la dejó más tranquila al pensar en ella, aunque al despertar se hallaba casi gritando.

      Eso era lógico porque se trataba de un sueño decididamente horrible, en el que Lucy vagaba sin rumbo por las calles de una ciudad que supuestamente era Buenos Aires, pero que ni remotamente resultaba reconocible. Era como si el más violento de los sismos hubiera destruído todo; había restos de rascacielos aquí y allá, incendios en todas partes, todo bajo un cielo de un violento color rojo sangre, ocasionalmente ennegrecido por el humo.

      Por este paisaje tan lúgubre iba Lucy llamando a sus seres queridos, sin que nadie le respondiera. En cambio, encontraba por doquier siniestras siluetas de encapuchados a quienes, instintivamente, identificó como demonios. De vez en cuando alguno volvía la vista hacia donde estaba ella. Lucy no sabía si tenían cara o no; la verdad, no quería ni mirarlos, y cuando alguno de ellos la observaba de esa manera, sentía que los cabellos se le erizaban de espanto.

      Finalmente llegó al final de una calle, y al doblar hacia la izquierda vio lo más espantoso de todo.

      Había allí una gigantesca montaña de escombros y, en lo alto, una figura crucificada, agonizante. Lucy gritó y subió por la montaña de escombros a la carrera, sin poder contener las lágrimas. De alguna forma, en aquel sueño tomaba forma su temor más íntimo, el que le había nacido luego de aquella famosa conversación con Débora que tanto había hecho tambalear su fe: el de estar creyendo en patrañas. Tal miedo se manifestaba en una espantosa visión de los Ultimos Días, en la que Jesús era crucificado de nuevo y el Diablo se enseñoreaba de todo lo existente.

      Lucy llegó al pie de la cruz, y allí continuó llorando a mares, pero no se atrevió a pedir disculpas. Tenía en efecto la sensación de que aquello había pasado porque ella lo había permitido en parte; que era tan culpable por esta segunda muerte del Salvador como si ella misma, martillo en mano, hubiese hundido los clavos en la carne. En ese momento despertó, faltando muy poco para que gritara, y ciertamente con las mejillas tan arrasadas por las lágrimas como en su sueño.

       Por unos segundos permaneció sumida en el desasosiego; luego se echó a llorar una vez más, pero ahora de alivio. Porque ahora sabía que, sucediera lo que sucediera, patraña o realidad, ella siempre pertenecería a Cristo. Amaba lo que El encarnaba y seguiría amándolo aun cuando todos los científicos del mundo vinieran con pruebas irrefutables de que cuanto los Evangelios dicen fuesen sólo fantasías. Por lo tanto, nunca podría apartarse de Jesús y carecía de sentido hacerse planteos sin respuesta acerca de lo que hubiera de verdad en las Escrituras. Para ella el Amor era real, el Amor a Dios y al prójimo que eran el núcleo del mensaje del Señor. Nunca se apartaría de aquel pensamiento.

      Mientras se secaba las lágrimas en la oscuridad, le sobrevino entonces uno de esos momentos que la psicología explica por la sugestión aunque los creyentes lo hagamos por la fe, y que no podemos demostrar al resto del mundo como ciertos, tal vez porque el Señor anhela que sean un dulce secreto entre El y nosotros. Sintió a Jesús muy cerca suyo y esa sensación fue todo un bálsamo para su alma; y tuvo la sensación de que de algún modo su sueño había sido real. Tanto te ama mi Padre, que me envió de nuevo a dar mi vida por ti- parecía susurrarle el Señor-, como todos los días doy de nuevo la vida por alguien.

      Tal el sueño de Lucy, que se guardó en lo más íntimo de su corazón durante mucho tiempo y, cuando al fin habló de él, no supo cómo ubicarlo cronológicamente, como ya hemos dicho. Sin embargo, fue seguramente poco después de que Cacho le pusiera un  ojo morado al señor Alvarez, porque éste y su esposa creen recordar que fue entonces cuando Lucy, tras sufrir aquella dura prueba de fe, volvió a ser la misma de siempre.

      Por cierto, para consternación del señor Alvarez, que malditas las ganas que tenía de hablar del tema, durante la semana siguiente al famoso lío en lo de Doña Cata, un batallón de gente le preguntó cómo se había hecho aquel ojo en tinta. Pero en una oportunidad no se sintió molesto por la pregunta, sino muy conmovido. Fue al ir a buscar mercadería para el quiosco al barrio de Once. Acababa de guardar unas cajas en el baúl del auto, y estaba a punto de subirse al mismo, cuando oyó en las cercanías la exclamación hecha por una voz de hombre que no reconoció de inmediato:

      -¿¿¿QUIÉN LE HIZO ESO???

      Había indignación y rabia en la voz. Para desconcierto del señor Alvarez, al volverse se encontró nada menos con Cristian, alias Morgoth, cantante y guitarrista rítmico de Supremacía Satánica.

      -Bueno...-trató de explicar el señor Alvarez.

      -¡¡¡ES UN HIJO DE PUTA!!!-dijo Cristian, bramando casi-. ¡NO TIENE DERECHO! ¡USTED ES UN HOMBRE BUENO! ¡DÍGAME QUIÉN FUE, Y LO CAGO A TROMPADAS!

      -Pará, pará, pibe...-lo tranquilizó el señor Alvarez, con algo de susto, asombrado por aquella reacción de Cristian, que no esperaba. Alrededor, los transeúntes volvían sus cabezas hacia ellos, preguntándose quién sería aquel joven loco que tenía aspecto de querer hacer una masacre.

      Malditos canas, pensó Alvarez, viendo un poco más allá a un par de policías que, no era para menos, miraban atentamente a Cristian como considerando la posibilidad de esposarlo de inmediato. Por qué no se dedican a que las calles sean de verdad seguras en vez de prejuzgar a un muchacho nada más porque tiene el pelo largo. Ante tal pensamiento, Alvarez escuchó a Ocho susurrar en su oído algo acerca de cuán conveniente era en ocasiones una memoria frágil, sobre todo a la hora de criticar actitudes y comportamientos nefastos de los que uno se ha librado no hace tanto; pero no tuvo ocasión de contestar a su ángel de la guarda.

      Cristian también advertía que su estallido de ira estaba llamando la atención, y luchó por dominarse. El señor Alvarez le puso una mano en el hombro.

      -Mirá, muchachito... Te agradezco, pero no hace falta-le dijo-. El que me pegó es un pobre infeliz, ¿sabés? Y te aseguro que ni valía la pena devolverle el golpe.

      -Me imaginaba que diría algo así. Usted es demasiado bueno-gruñó Cristian.

      -Bueno, bueno... No tiene sentido que terminemos todos en la seccional por algo que puede solucionarse hablando...Estoy leyendo El Silmarillion; tenés razón, es un libro al que darle tiempo para que a uno le termine gustando. Y estuve escuchando los discos que me prestaron...

      Así fue desviando el señor Alvarez la conversación hacia temas más gratos que su ojo morado y el autor material del mismo. No pudo evitar, sin embargo, conmoverse ante el arrebato de ira de Cristian, aquel muchacho con el que hacía tan poco tiempo apenas si podían verse sin rumiar maldiciones.

      En realidad, se estaba encariñando con los cinco muchachos de la banda, cuya actitud había cambiado mucho desde que de tan mala gana había ido a pedirle disculpas por acusarlos de algo que no habían hecho, y conversado luego de distintos temas. Sin que les dijera nada, ahora se mostraban muy respetuosos con Lucy, y se verá que en una oportunidad tres de ellos hicieron las veces de caballeros andantes con ella; pero antes de que tal cosa ocurriera, ocurrió el regreso de Cacho a su hogar, el que había compartido por años con su esposa, Doña Cata.

      Esta no pudo creerlo cuando, dos semanas después del asunto del ojo morado, fue a atender el timbre y, al observar por la mirilla de la puerta, se encontró con la cara de su atribulado marido.

      -¿Y vos qué hacés acá?-exclamó, irritada, a través de la puerta-. ¿Después de lo que le hiciste al pobre señor Alvarez tenés el coraje, encima, de volver por acá?... ¡Hacete humo!

      -Catalina, por favor, dejame pasar, que estoy en un lío-gimió Cacho.

      -¡Eso ya me lo imagino!...-exclamó Doña Cata, sin abrirle-. Alguien que imagina cosas y golpea a la gente por esas cosas que imagina está loco como una cabra y, por supuesto, se mete en líos. No vengas a traer esos líos acá, entonces.

      -Catalina, no seas así. Te necesito.

      -Qué romántico-se burló Doña Cata-. Mirá vos... Lo mismo pensaba yo cuando vos no hacías otras cosa que mirar el televisor.

      -Catalina, ¡es en serio!-vociferó Cacho, rabioso.

      -Epa, epa. Qué tono de voz, querido mío. Yo en tu lugar sería más humilde, ¿eh? Mirá que yo tengo el poder, como He-Man, porque cambié la cerradura de la puerta para que un tránsfuga demente que conozco no pueda pasar como Juan por su casa. Así que bajá las revoluciones, Cacho, que si yo no quiero, no pasás.

      -Catalina, me despidieron del trabajo.

      -Ah, ¿sí? ¿Y por qué, si puede saberse? No me digas nada, dejáme adivinar: se te ocurrió que probablemente tu jefe se acostaba conmigo, y le diste flor de tortazo. Y a tu jefe no le gustó.

      -Catalina, ¡no seas venenosa!...Reestructuración empresarial, eso me dijeron.

      -Bueno, bueno... Con todos los años que trabajaste en la empresa, te habrán pagado una indemnización como para comprarle a un  jeque árabe sus pozos petroleros, así que no me vengas a lloriquear ahora, que...

      -Catalina, escucháme una cosa-interrumpió Cacho-: me pagaron la indemnización, sí. Luego pasé por el Bingo.

      Siguió a estas palabras un silencio sepulcral. Cuando por fin Doña Cata respondió, lo hizo sólo con la única semivocal que existe en el alfabeto castellano, y pareció una campanada tañendo a funeral:

     -...¿Y?...

     Cacho vaciló mucho antes de contestar. Por último reunió coraje y dijo, en un hilillo de voz:

     -Jugué y perdí casi toda la plata en el Bingo...

      A juzgar por la cara que tenía Doña Cata cuando al fin, de improviso, abrió la puerta, dio la impresión de que, a manos de Cristian, Cacho hubiera tenido posibilidades de sacarla más barata. ¿Recuerdan a Doña Florinda pegándole a Don Ramón en El Chavo? Bueno, así más o menos fue el primer golpe que Doña Cata le dio a su marido antes de aplicarle un sopapo, éste con la mano abierta. Envenenada como estaba por lo que había pasado con el señor Alvarez y por esto, se hubiera dicho que Doña Cata era la Vengadora Tóxica. La estaba pasando de lo lindo dándole a su esposo su merecido o lo que ella creía era su merecido; pero antes de que pudiera aplicarle un tercer golpe, Cacho gritó:

      -¡PARÁ, CATA, PARÁ!... ¡HICIMOS MUCHOS GASTOS, Y ALGUNOS ESTÁN A NOMBRE DE LOS DOS!

      -¿¿¿Y POR QUÉ CREES QUE NO TE MATO AQUÍ MISMO??? ¡VOS ME METISTE EN UN QUILOMBO, Y MÁS VALE QUE ME AYUDES A SALIR!... ¡ENTRÁ DE UNA BUENA VEZ!...

      Cacho, empequeñecido por sus múltiples bochornos recientes, tomó asiento a la mesa y Doña Cata hizo lo propio.

      -Cacho, no entiendo cómo pudiste ser tan idiota-bufó Doña Cata, semejante a un toro que se prepara para embestir-. ¡Tu indemnización era un dineral!

      -Yyyyyyyyy...-replicó Cacho, semejante a un mosquito agónico, abriendo los brazos.

      -Yo entiendo que probaras un poco a ver si tenías suerte, ¡pero no entiendo que hayas jugado hasta perder toda la indemnización!

      -Cata, vos ya sabés cómo es esto: dinero llama a dinero...

      -¡Lo disimulás muy bien!... ¿Cuánto te quedó?

      -Eeeeh... Bien. Esteeee... Podría volver al Bingo para tratar de...

      -¡Volvé a poner un pie en el Bingo, y morís!-gritó Doña Cata-. Acá de lo que se trata ahora es de ver cómo pagamos nuestras deudas. ¿Cuánto, Cacho?

      -Seguramente, hasta que consiga otro trabajo, podría hacer algunas changas...

      -¡No me digas!... ¿Cuáles, si puede saberse? Los yuyos crecen solamente cuando hace calor, o sea que ningúnj vecino va a necesitar que le limpies el yuyerío del terreno. ¿Pintar?...La gente pinta la casa cuando hace calor, así puede abrir las ventanas para orear. No, Cacho, lo que interesa es ver cuánta plata tenemos ahora, en mano, para hacer frente a las deudas que hay que pagar ya. ¿Cuánto te quedó de la indemnización?

      En un nuevo hilillo de voz, Cacho se lo dijo, y se hundió en su asiento, como deseando desaparecer en él.

      -Sin palabras-gruñó Doña Cata-. Muy bien, algo tengo yo ahorrado. Veamos ahora qué podemos vender...

      -¿Vender?-gimió Cacho-. ¡Malvender!

      -¡Lo hubieras pensado antes de ir al Bingo, codicioso como Rico MacPato y con aires de fullero que en tres manos hará saltar la banca!... Ahora, querido mío, sólo queda ser prácticos. Yo tengo algunas cositas de oro que empeñar. Vendemos la video, las camas de los chicos... En fin... Y esas camas están buenas, y cuántos recuerdos que me traen... Pero ahora hay que ser prácticos, no nostálgicos. Y hablemos también de lo que vas a hacer estando en casa...

      -¿Qué querés decir?-en lo más íntimo de su ser, Cacho sintió una alerta roja.

      -Mirá, viejo: en este momento el sostén del hogar soy yo. Lo más barato que hay para comer, y lo que más rinde, es el arroz. Por lo tanto, comeremos arroz hasta parecer chinos, mientras tengamos sobre nosotros esas deudas infernales. Arroz hervido no es una comida muy elaborada; no te va a costar mucho trabajo prepararlo.

      -¡Ah! ¡Lo que querés decir es que te gustaría que te espere con la comida lista cuando vengas de trabajar!

      -Claro, y que barras, que limpies los platos, que laves la ropa...

      -¿QUÉ?... ¡PERO ESO ES ABUSO!...

      -¡NINGÚN ABUSO, NINGÚN ABUSO!... ¡ES NI MÁS NI MENOS LO QUE YO HICE DURANTE AÑOS! ¿Y QUÉ ME DECÍAS CUANDO TE PEDÍA QUE ME DIERAS UNA MANO?: "QUERIDA, ESTOY CANSADO. DISCULPÁME, PERO ME PARECE QUE, COMO YO SOY EL SOSTÉN DE LA CASA, CUANDO LLEGO DE TRABAJAR TENGO DERECHO A DESCANSAR"... Como ahora el sostén de la casa voy a ser yo, creo que te toca a vos hacer todo eso que ya te dije, ¿no es cierto?

      De buena gana se hubiera Cacho rebelado, pero habiéndose mandado una metida de pata más digna de Goliath que de un ser humano normal, no le quedó más remedio que claudicar. Y ese mismo día trasladó sus pertenencias desde la pensión a su antiguo hogar, vencido y humillado.

      A esta torta de infortunios no le podía faltar la clásica cereza en la punta. Así que, cuando Cacho estaba trasladando hasta el auto su televisor en blanco y negro (el único televisor que tenía, por otra parte), tropezó. No un tropezón cualunque, sino uno en toda la regla. Cacho cayó al suelo cuan largo era, dándose flor de porrazo. Y en cuanto al televisor... En fin... Que en paz descanse.

     

     

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