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No sería fácil para Cacho y Doña Cata convivir de nuevo juntos, especialmente teniendo en cuenta que, cada uno por su lado, tenían más bien ganas de morderse el uno al otro; pero al menos ambos tuvieron el buen tino de darse cuenta de ello y poner la mejor voluntad que pudieron para tratar de vencer tales sentimientos. Cacho, convertido inesperadamente en amo de casa, andaba rezongando todo el tiempo por el trabajo que tenía. Eso no conmovió mucho a Doña Cata, quien en principio no hubiera reducido en lo más mínimo la jornada laboral casera de su marido; el conmovido fue su estómago. Cacho decididamente no tenía habilidades de cocinero y la mayor parte de las veces prefería recurrir a la comida rápida: hamburguesas, salchichas, papas fritas. En nombre de dicho estómago, entonces, se convino que mejor cocinaría Doña Cata. Por lo demás, Cacho tenía otro constante y bienvenido motivo de rezongo para matar el tiempo cuando su media naranja no estaba en casa: lo mal que, según él, hacía su esposa las tareas de la casa. Ya le enseñaría él. Para empezar, la grasienta cortina de la cocina no debía haberse lavado desde la época de Cristóbal Colón, por lo menos... Cacho descolgó las cortinas en cuestión y, entonces, su mirada ganó todo el paisaje de la calle y la vereda de enfrente, personas inclusive. Lo primero que vio fue a Débora y Doña Elvira peleando entre sí por quién sabía qué razón. ¡Cómo gritan!, pensó Cacho. Esas dos siempre están peleando. ¿Por qué se gritan siempre? Eso había que averiguarlo... Estiró el cuello haciendo tal esfuerzo que, si uno similar se hubiera aplicado a todas y cada una de las restantes partes de su cuerpo, hubiera acabado con una musculatura digna de Sansón. Era temprano, las dos de la tarde apenas. Ni en sueños esperaba Cacho que su mujer llegara de su trabajo a esa hora, a menos que, como él, la despidieran. Pero esta última posibilidad no se le ocurrió y, por otra parte, estaba demasiado entretenido tratando de descifrar el enigma que él mismo acababa de plantearse; así que no escuchó llegar a Doña Cata, salida del trabajo con permiso de sus patrones para buscar y pagar unos impuestos que había olvidado llevar consigo. Todo se hallaba tan silencioso (y Cacho tampoco respondía a sus llamadas, tan entretenido estaba con lo suyo), que Doña Cata por un momento estuvo segura de que su marido no estaría en casa, hasta que le pareció oír un carraspeo en la cocina. Fue a investigar. Al ver a su esposo y qué hacía éste, la acometió un acceso de hilaridad. -No se hace así-fingió reprochar a Cacho-. Hay que dejar la cortina donde corresponde para tener dónde esconderse en el momento en que miran hacia acá. Cacho, aturdido y sintiéndose pescado in fraganti, al principio no supo qué decir. -No, yo...-murmuró, en un tono de voz muy poco inteligente. -No, no querido, no me vengas con excusas. Estuve en esa actividad durante muchos años y antes de que vos empezaras. Yo tengo que enseñarte cómo se hace. No quiero que el Sindicato de Chismosos Profesionales nos demande por hacer las cosas mal. -¡Yo no soy un chismoso!-protestó Cacho, a voz en cuello. -Nooooooooo, Cachito, quién dice eso...-se burló Doña Cata, poniendo expresión fingidamente inocente-. Esto es interés de buen vecino, siempre lo dije y nadie me creyó... Cacho miró a su esposa como con ganas de asesinarla, pero al final sonrió, aunque la suya fue una sonrisa medio torcida. Doña Cata contempló aquella abertura y sonrió también, quizás pensando en viejos, inevitables recuerdos de aquellos tiempos, que tan lejanos parecían ahora, en que estaba al tanto de vida y milagro de todos y cada uno de sus vecinos. -No es mala idea eso de que, aprovechando que estás en casa, cada tanto mires un poco la casa de enfrente-comentó. -¿Qué, me vas a pedir que me ocupe también de los chismes?-gruñó Cacho. -Tenés razón-replicó Doña Cata, quien no quería pelear-. Igual si por casualidad vieras algo importante, te pido por favor que me avises. La Débora no está nada bien últimamente; me preocupa, y la siento, no sé por qué, como una compañera en la desgracia. No se trata de mí, sino de ayudarla a ella. Así que ya sabés... Doña Cata nada más dijo. No quiso insistir en su petición de que Cacho mirara ex profeso, porque sabía que el muy testarudo no daría el brazo a torcer; pero también sabía por experiencia propia que el que espía la intimidad de otros una vez, probáblemente seguirá haciéndolo luego, aunque jure y perjure que se abstendrá. De verdad quería ayudar a Débora, caso de que le fuera posible; y si se hacía ver a Cacho que se trataba en cierto modo de hacerlo cómplice de una buena acción, se sentiría más inclinado a colaborar. Por ese entonces, en la villa miseria vecina, reinaba cierto clima de miedo debido a un enfrentamiento entre bandas enemigas, del que formaba parte la muerte de El Rata: aquel pobre diablo asesinado cerca de la panadería en la madrugada de aquel famoso domingo en que la señora de Alvarez quedó tan conmocionada por la frialdad de la gente a la vista del cadáver. Débora se enteró de los detalles del crimen porque, tras haber quedado desempleada, necesitaba dinero para sus cigarrillos y bebida, y estaba dispuesta a conseguirlo por cualquier método, incluso trasgrediendo la ley; de modo que cometió varios hurtos -información que proporciono sólo con el consentimiento expreso de la propia Débora- y vendió el producto de los mismos en la villa miseria Allí, cualquier rincón parecía ahora peligrosísimo, más de lo habitual. Los compinches de El Rata, que eran soldados de quién sabía qué siniestro peso pesado de la delincuencia organizada (alguien que ciertamente no vivía en la villa, sino en algún barrio privado, dándose la gran vida), andaban buscando vengarse de los del bando rival, y muy especialmente de Mataperros: el asesino del compañero caído. El de toda esta gente es un mundo sórdido e incomprensible para la gente ajena a él, con sus propias leyes, códigos y castigos. Hasta el día de hoy hay un altarcito que los compinches de El Rata erigieron en memoria de éste. Cuando Mataperros cayó a su vez en las circunstancias que se describirán enseguida, sus adláteres hicieron lo propio. Ambos altarcitos tienen unas cuantas ofrendas como crucifijos y rosarios que hablan de una fuerte devoción religiosa, pero ésta no incluye cumplir los diez mandamientos, ni siquiera el quinto. Al contrario: cada bando está sólidamente aliado por silenciosos afectos y secretos inimaginables, y no cabe en él el perdón para el enemigo, sólo la venganza. Mataperros, que lo sabía, juzgó prudente y saludable hacerse humo por un tiempo, tanto más cuanto que con él se buscaba, no ya simplemente asesinarlo, sino transmitir un claro mensaje intimidatorio a los contrarios. Que posiblemente reaccionarían impartiendo su propio mensaje, en una espantosa vorágine de violencia sin fin. Débora, íntimamente, empezaba a darse definitivamente por vencida, a que su vida siempre sería un infierno del que no podría salir. Era consciente de que al rozar la periferia de aquel ámbito escalofriante, de alguna manera vendía el alma al Diablo. Iría hundiéndose cada vez más en el lodazal de la delincuencia hasta quedar atrapada allí. Porque la droga volvía a seducirla con su canto de sirena, y en la villa la vendían, y bastante barata, además. No quería ceder, pero sus últimas defensas anímicas se desmoronaban ahora que Fabio ni siquiera se molestaba en simular de manera creíble que cuando no la visitaba a ella a menudo estaba tratando de conquistar a otras chicas. La intuición hizo comprender a Doña Elvira que Débora se estaba metiendo en líos cada vez más grandes. Por un momento pensó en echarla de su casa, según admitió después; pero no lo hizo, a pesar de que la relación entre ambas estaba más violenta que nunca. La vieja presentía que el hecho de tener un sitio donde dormir y alguien esperándola en casa impedía a Débora abandonar toda lucha interior y desmoronarse por completo; y ella la quería, aunque nunca se lo confesó a ella ni a otras personas, y tal vez ni siquiera a sí misma. Se acercaba el momento en que Cristo se presentaría a reclamar a Débora como suya, pero nadie podía imaginarlo entonces y la propia Débora, por supuesto, menos que nadie. Tuvo lugar entonces aquel ocasional encuentro entre Lucy y Fabio. Fue habiendo ya oscurecido. En invierno, algunas de las calles del barrio en que vive Lucy se ven mal iluminadas y lúgubres, por lo que no es difícil asustarse si se es una chica de dieciséis años. Fabio la vio caminando por una de esas calles cuando él venía en su moto en el mismo sentido, y se le ocurrió matar dos pájaros de un tiro. Lucy le gustaba mucho desde que la había conocido y, por supuesto, esperaba que ella fuese su rendida admiradora, igual que toda chica que se preciara de tal. Era, por lo tanto, una ocasión inmejorable para hacer una buena acción acercando a Lucy hasta la casa de ella y hacer otra buena acción permitiéndole un acercamiento más íntimo al Monumento al Hombre Bello. -No podés ir sola por las calles a esta hora, linda. Subí, que te llevo-le dijo, parando la moto junto a ella. Sonreía seductoramente, pero ya se ha dicho que la calle estaba mal iluminada. Independientemente, Fabio podría creerse lindo como un sol, pero hay cosas que le nublan la vista a uno, y en el caso de Lucy lo era la descomunal vanidad de aquel Narciso enamorado de sí mismo. Además, aunque ya había decidido que Débora al parecer no tenía remedio y que era inútil tratar de ayudar a quien no quería ayuda, la entristecía Doña Elvira, cuya pena palpaba Lucy por mucho que la vieja quisiera ocultarla. Y pensaba que de no haber sido por Fabio, tal vez Débora hubiera adoptado un estilo de vida sano en todos los sentidos, y Doña Elvira no cargaría con aquel nuevo sufrimiento, que venía a sumarse a los muchos que mantenía inconfesos, pero que se notaba que existían. Decidió que tenía que tratar de apelar a la misericordia de Fabio. -No, puedo caminar-dijo con dureza-; pero ya que estás, quedáte un momento, que tengo que hablar con vos. -Cómo no...-dijo Fabio, y se bajó de la moto, sonriendo con pedantería. Desde su punto de vista estaba claro que Lucy no aceptaba que él la llevase por una cuestión de orgullo, para hacerse la irreductible. Y ahora ella iba a decirle que no lo soportaba, que le caía mal. Simples excusas, por supuesto, para disfrutar un poco más de la visión de aquel bien formado rostro de hombre. ¡Así es la vida cuando se es precioso en grado sumo!... Media hora habrá estado Lucy tratando de explicarle a Fabio que le hacía mucho daño a Débora y pidiéndole que la dejara en paz. Luego de tanto palabrerío, el susodicho la miró con cara de carnero degollado, y declaró: -Sos linda... Lucy abrió tamaños ojos. Lo último que hubiese esperado era una declaración tan gansa y totalmente inconexa con el rumbo de la conversación. Fabio aprovechó la estupefacción de ella para rodearle la cintura con sus brazos, susurrando al mismo tiempo muchas cosas en voz meliflua: -No te hagas la difícil, que vengo relojeándote desde hace tiempo y ya sé que estás muerta por mí. Podemos entendernos muy bien vos y yo, ya vas a ver... Lucy no aguantó más y le dio un sonoro cachetazo. Fabio apenas si se inmutó. Trató, eso sí, de mantenerle quietos los brazos al abrazarla de nuevo, siempre sonriente y con cara de total embelesamiento. En eso, un auto se detuvo detrás de la moto de Fabio. Se abrió la ventanilla derecha del asiento delantero, y por ella se asomó el rostro de un muchacho pelilargo, el de Fede, de Supremacía Satánica. -¿Este pelotudo te está molestando?-preguntó agresivamente. -Bueno...-murmuró Lucy. No quería provocar una pelea, pero Fabio se estaba buscando una paliza, y si ella impedía que se la dieran, pensaría que era porque gustaba de él-. La verdad... Sí. Tres puertas del auto se abrieron a un tiempo, y del vehículo bajaron simultáneamente Fede, Cristian y Tony. Tal vez no fueran temibles como los delincuentes de la villa, pero responden a ese tipo de muchacho moderno que en razón de su talla hace pensar que se trata de un hijo de King Kong: altos, de hombros anchos, fornidos. Como encima siempre solían andar de talante hosco, y esa noche no era la excepción, el panorama de un trío de gorilas enormes y malhumorados quedaba completo. Fabio debe haberse asustado para sus adentros, pero tenía una imagen que mantener, y en este caso se imponía jugar al macho rudo que no tolera que vengan a hacerle competencia en sus propios dominios. Avanzó sacando pecho. Fede fue hacia él con aspecto de tanque de guerra macizo dispuesto a arrollar al enemigo. -No hace falta esto-intervino Lucy, mirando a Fede-. Sólamente alcáncenme hasta mi casa, ¿sí?, por favor. Los tres tétricos ángeles guardianes de ocasión se miraron entre sí, sin decir ni media palabra. Luego, Tony volvió a abrir la puerta trasera e hizo a Lucy un cortés ademán indicándole que subiera. Era evidente que Fabio no esperaba un final así, ni que Lucy accediera a subir a aquel auto con esos muchachones feos y peludos, teniendo a mano a un galán catalogado como una de las más soberbias e impactantes bellezas naturales del mundo entero. -Ma, sí...-masculló despectivamente-. Como si me faltaran minas... Y se subió a la moto y se fue, con aire ofendido. Estoy seguro de que, de todos modos, se puso contento de que ninguno de los Supremos Satánicos le arruinase su primoroso rostro llenándoselo de dedos. Dos días después, Lucy tuvo que ir a lo de Doña Elvira a llevarle un dinero. Se trataba del reintegro del importe de los pasajes de Lola y sus hijos, los que, se recordará, el señor Alvarez había pagado con su tarjeta de crédito, habiéndole prometido Débora que le alcanzaría el efectivo correspondiente cuando cobrase. Tras hacer cuentas, los dos esposos Alvarez llegaron a la conclusión de que no necesitaban ese dinero, pero prefirieron no negárselo a Débora, a fin de que ésta tuviera menos dinero para sus vicios. Por supuesto, fue muy iluso de parte de ambos pensar que ella no lo conseguiría de otro modo, pero la intención es la intención. Restaba darle el dinero a Doña Elvira; en las manos de ella estaría mejor. Pero la vieja se negaba reiteradamente a aceptarlo, según era habitual en ella. Tres veces habían enviado a Lucy con el dinero, y otras tantas veces ella lo trajo de regreso. En otras circunstancias podría simplemente haberlo dejado aparte en algún rincón de la casa de Doña Elvira para que ella lo descubriese luego, pero no con Débora merodeando por ahí y sin duda dispuesta a alzarse cualquier dinerillo olvidado e ignoto que le permitiera satisfacer sus vicios. Conforme a expresas instrucciones de sus padres, esa cuarta vez simplemente Lucy dejó la plata sobre la mesa frente a la vista de Doña Elvira y diciendo que no la llevaría de regreso. La vieja se puso a protestar, pero Lucy de inmediato emprendió la huida. Se cruzó con Débora en la puerta de calle. ¿Se decidiría a mandar al diablo a Fabio si le revelaba su comportamiento de dos días atrás? Lucy la veía con mala cara. -Mirá, Débora-dijo, embarazosamente-. Tengo que hablarte de un asunto delicado... -No te gastes. Ya me enteré-cortó Débora. Lucy la miró intrigada: ¿de verdad sabría Débora de qué le estaba hablando? ¿Y cómo se habría enterado? -Perdón: ¿qué sabés?- preguntó. -Que algo pasó entre Fabio y vos. No sé qué, y no preciso saberlo-replicó hoscamente Débora. -Débora, te juro que yo no acepté. El... -¡Ya sé, ya sé!...-interrumpió Débora, impaciente-. ¿Vos te crees que soy boluda?... Ese forro estuvo meses y meses hablando bien de vos. De repente, ayer me habló pestes de vos, ¿y qué me dice cuando le pregunto por qué tiene esa opinión de vos?: Porque sí. Es un hijo de puta, fui muy estúpida en creerle todo lo que le creí desde que estamos juntos, pero no tan estúpida como para no ver ciertas cosas, aunque cuando pueda haga como que no las vi. Pero se acabó. De veras que se acabó. Se acabó. La frase era dura y muy terminal, y Lucy tuvo miedo de que Débora no se refiriese a su noviazgo con Fabio o a la credibilidad que podía concederle a éste. De veras estaba asustada. -Débora...-murmuró. -Andáte, por favor-gruñó Débora, sintiendo que los ojos se le llenaban de lágrimas de rabia-. Lo último que necesito encima es ver que me tienen lástima. Andáte, en serio. No tengo nada contra vos, pero prefiero estar sola. Lucy no tuvo más remedio que hacerle caso. Por otra parte, no sabía cómo ayudarla. A esta altura del partido, aparte de Dios, sólo Débora podía hacer algo por ella misma. Entramos ahora en la recta final de esta historia. Recta final que principia en medio de un paisaje de horror. Esa misma noche Débora fue a la villa miseria, llevando dinero para abastecerse de cocaína. Sólo a una chica como ella se le hubiera ocurrido entrar en un lugar así a esa hora y sola. La verdad era que todo le daba lo mismo ahora, vivir o morir, que la violaran o la degollaran. Es más, hasta qué punto le daría todo lo mismo que, mientras una de las calles que delimitaban la villa miseria hasta donde vivía el dealer, vio a Dieguito con su infaltable bolsa aspirando pegamento, y no se mosqueó. A este pendejo parece que siempre lo voy a ver hasta en la sopa, pensó; pero la visión de esa carita triste no la sacudió de tristeza como otras veces. Esperáme un rato, nene, y te traigo merca de la buena. Yo empecé como vos, y aquí me ves. Que te des con cocaína ahora o de más grande tal vez sea lo mismo. Mientras Débora iba hacia lo del dealer, en algunas de las míseras viviendas de la villa iba esparciéndose un rumor, que automáticamente ponía a cierta gente en movimiento: Mataperros había sido visto en la villa. Había venido a visitar a la novia confiando en que no estuvieran esperándolo, en el amparo de las sombras de la noche y en que la suerte le jugara a favor tratándose de una visita brevísima. A Mataperros, a su vez, alguien le avisó que se estaban cargando las armas del bando enemigo y que tenía, literlmente, nada de tiempo para tomarse las de Villadiego. Se puso los pantalones como pudo, con el corazón en la boca, y una campera de cuero vieja y desgastada que ni llegó a cerrarse antes de que el instinto le aconsejara partir sin dilación Alguien le avisó a la policía, también. Quién, nunca se supo. Era mucha gente desplazándose hacia todas direcciones. Todos ellos armados. En estas circunstancias, iba a ser un milagro si además de matarse todos ellos unos a otros, no moría también un inocente. La propia Débora escuchó un vago rumor acerca de lo que iba a suceder, cuando estaba todavía en lo del dealer; pero no se inmutó. Que se tirotearan entre sí, le daba lo mismo, y si un tiro le daba a ella, también. Lo único que le interesaba era encontrar un lugar donde drogarse en paz. Con la cocaína en la mano, empezó a desandar camino, andando de un pie en otro. Mientras tanto, Mataperros huía de pasillo en pasillo. Sus enemigos se habían separado para rastrearlo mejor y hacerle imposible la huida. Dieguito se puso de pie, un tanto torpe y aturdido, al oír el griterío. Estaba vivamente interesado; tal vez se imaginó involucrado en el griterío, tal vez protagonizándolo. Tal vez en sus sueños de pegamento aspirado imaginaba que su vida era emocionante y llena de acción; que era el bueno peleando contra los malos y venciéndolos. O tal vez fue otra cosa. El caso es que se puso de pie, para horror de Débora, que alcanzó a verlo cuando todavía estaba lejos de él. Mataperros acababa de ganar la calle, revólver en mano, y ahora apuntaba hacia uno de sus perseguidores. Otros ganaban también la calle. -¡NENEEEE!-gritó Débora-. ¡TIRÁTE AL PISO! ¿La habrá oído Dieguito? Porque la locura había estallado, las balas silbaban en todas direcciones. Mataperros hirió a uno, quizás hasta lo mató; en semejante caos, es difícil saber quién mató a quien, si una bala ajena o propia. Mataperros recibió tantos balazos, que en contados minutos quedó como un colador. Débora tiró la cocaína. En este momento, sólo una cosa, no sabía por qué, era importante: salvar a Dieguito como fuera. Pero si moría ella en primer lugar, no podría hacerlo, así que se tiró al piso, gritando a Dieguito que hiciera lo mismo y sin saber si él podía oírla e incluso si le había hecho caso. De repente se escuchó la sirena de los patrulleros policiales. -¡LA YUTA!-gritó uno de los pistoleros; y ante esta voz de alarma, todos los participantes del tiroteo se dieron a la fuga, excepto aquellos que ya eran cadáveres. Sin pérdida de tiempo, Débora se incorporó y corrió hacia Dieguito. Lo vio de pie y por eso dedujo, ingenuamente, que tenía que estar a salvo. Lo había visto en las películas... Se horrorizó al acercarse más y comprobar que el chico sangraba, atravesado de lado a lado por una bala perdida. El mismo Dieguito caía en la cuenta recién ahora y, pese a estar aturdido por el pegamento, se aterró y empezó a llorar convulsivamente. Débora se sintió en la obligación de mostrarse tranquila. -Vas a estar bien, vas a estar bien. Tranquilo. No pasa nada; estoy con vos, ¿eh?-le dijo, besándolo y tratando de detener como podía la hemorragia. Un patrullero se había detenido y pedía una ambulancia por el radio. La ambulancia llegó a los veinte minutos. Débora mintió, dijo que era la hermana de Dieguito. La dejaron ir con él, atrás, en la ambulancia. Todo el tiempo se obligaba a serenarse a sí misma para que el niño estuviese tranquilo. Y curiosamente, lo estaba. Tal vez ahora, justo cuando su vida pendía de un hilo, estuviera mejor de lo que nunca había estado antes. Por fin, junto a él, había alguien que le demostraba afecto, que se preocupaba por él. Sí, pensó Débora, debía ser por eso que se lo veía tan tranquilo. Su pequeña mano acariciaba la de la joven que estaba a su lado... Un contacto que, tal vez, Débora jamás pueda olvidar mientras viva. |