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Aquella noche, ya desde antes de enterarse de todo aquello, el señor Alvarez estaba triste por otro motivo: declinando ya la tarde, sonó en cierto momento el timbre del quiosco. Al ir a atender, se encontró con el rostro, aun más sombrío de lo habitual, de Cristian, el líder, vocalista y guitarrista rítmico de Supremacía Satánica. -Buenas tardes. Disculpe, no vine a comprar nada, quería nada más preguntarle algo-dijo, un tanto nerviosamente-. A lo mejor ya sabe que Tony ya no está en la banda, que discutimos con él... -No... ¡No sabía!-exclamó el señor Alvarez, asombrado-. ¿Por qué, Cristian, qué pasó? -Tony se hizo cristiano-contestó Cristian, con rabia mal reprimida. Era evidente que para él aquello era todo un crimen y que veía en el señor Alvarez al cerebro instigador. -Señor-prosiguió-: ¿usted sabía que iba a pasar esto? -No, ¡nadie puede saber esas cosas! -Pero, ¿qué piensa de eso? El señor Alvarez se encogió de hombros. -Cristian, ¿qué querés que te diga?... Antes, yo tenía un concepto muy equivocado de ustedes-respondió-. Luego me di cuenta de que son satánicos sólo de la boca para afuera. Si me estás preguntando si consideraba prioritario que se convirtieran al cristianismo, la respuesta es no; lo que Dios decidiera al respecto estaría bien. -¿No le estuvo predicando? -La única prédica que le hice a Tony o a cualquier otro de ustedes fue la primera noche que hablamos, cuando fui a pedirles disculpas. -¿Y qué piensa de que se haya convertido? -Pero Cristian, ¿qué es lo que hay que pensar? Es algo entre él y Dios. Si se convirtió, supongo que tenía alguna necesidad espiritual, y me alegro por él. -Se alegra-repitió Cristian, sonriendo amarga y sarcásticamente-. Se alegra de que haya perdido su personalidad, de que de ahora en adelante pase a ser un loro que repite sólo lo que dice el Papa; de que se haya vuelto un chupacirios sin cerebro-meneó la cabeza-. Está bien. Mejor para usted si se alegra. Buenas tardes. Semejante reacción el señor Alvarez no se la esperaba. Antes de que pudiera responder que en definitiva, por el tiempo que llevaba tratándose de verdad con Cristian, éste había podido constatar que no todos los católicos ni mucho menos respondían a aquel estereotipo y que dudaba seriamente que Tony fuese a abrazar un cristianismo así, el muchacho dio media vuelta y se fue, desoyendo las balbuceantes y confusas protestas y exhortaciones a escuchar y razonar con que Alvarez lo acribillaba. No quiso comentar el incidente con nadie ese día. Su mujer supo que algo le pasaba, pero, según era habitual, respetó su silencio. Así estaban las cosas cuando a las once de la noche, estando ya todos a punto de irse a acostar, sonó el teléfono, y atendió el señor Alvarez, intrigado. Lucy y su madre conversaban sobre una intrascendencia que luego nadie pudo ya recordar, hasta que el tono de voz de su respectivo padre y esposo, y sus palabras al responder a la persona del otro lado de la línea, se tornaron más dramáticas: -¡En la comisaría!...Pero, ¿por qué?... ¡Por Dios! ¿Cuándo?...Pero, ¿cómo fue? Y ella, ¿cómo está?... Está bien, muchas gracias por avisar. Disculpe las molestias. ¿Quién es usted?... ¡Hola, hola! Luego de esperar una respuesta que no llegaba, el señor Alvarez colgó el teléfono. -¿Quién era?-preguntó su mujer. -Ni idea, alguna buena samaritana que no dijo su nombre-contestó Alvarez-. Débora está declarando en la comisaría. Hubo un tiroteo del que ella fue testigo. Murió un tal Dieguito. ¿Quién es? -Dios mío-murmuró la señora de Alvarez-. Es ese chico que siempre venía acá a pedir que le diéramos algo de comer. -Hay tantos. ¿Cuál de ellos? -El que siempre andaba con cara tristona... Una vez, Débora vino acá a comprar no recuerdo qué cosa, lo vio y se escondió de él. Le pregunté por qué lo hacía, pero ni ella supo responderme. -Pobre Dieguito-murmuró Lucy-. Sí, a Débora siempre le pasaba algo raro con él. Me da la impresión de que esto la debe haber puesto como loca. -Dejó de sufrir, pobre angelito-dijo la señora de Alvarez. Pero ese pensamiento no le traía consuelo. Se puso a pensar en aquella criaturita que en este mundo no había conocido más que desdichas y que en medio de desdicha acababa de morir, y de repente empezó a llorar estremeciéndose convulsivamente, pensando en las injusticias y crueldades del mundo, y en que tal vez el responsable de la muerte de Dieguito estaría vivo, libre y muerto de risa, en tanto que un inocente había muerto por su culpa a tan corta edad. -Voy a llamar a Doña Cata para pedirle que le avise a Doña Elvira-anunció sombríamente Lucy. -Esperá-recomendó el señor Alvarez, abrazando a su esposa en un inútil intento de consuelo-: pedíle por favor que le diga a Doña Elvira que me voy a buscar a Débora y la llevo con ella en cuanto termine de declarar. Pero los propósitos son una cosa, y los logros, otra muy distinta. El señor Alvarez no sabía, o no recordó, que el tiroteo había tenido lugar justo en el límite entre dos jurisdicciones policiales. Fue a la comisaría que le pareció, y resultó no ser la correcta. Yendo hacia la otra, e auto del señor Alvarez se detuvo, en apariencia porque le vino en gana, y no lo pudo hacer arrancar sino hasta hora y media después, en que se dignó andar sin explicación razonable. Para entonces, Débora ya no estaba en la comisaría. Lo malo fue que, según se enteró después, tampoco estaba con Doña Elvira. Y ya hubiera debido llegar junto a ésta. ¿Hay alguna otra desgracia que pueda pasar?, se preguntó el señor Alvarez, atribulado. Mientras tanto, Lucy y su madre, amargadas por la muerte de Dieguito y pensando en cómo tomaría Débora la noticia, se pusieron a orar juntas y, tras pedir al Señor que les diera la respuesta que necesitaban sus corazones y el discernimiento para interpretarla, cada una de ellas abrió su Biblia al azar. Luego de varios intentos infructuosos estuvieron a punto de darse por vencidas, ya que Dios parecía guardar silencio por las razones que El sabría, hasta que una de ellas encontró y leyó una frase en Juan 11,50: Vosotros no entendéis nada, ni sabéis que nos conviene que muera un solo hombre por el pueblo, y no que perezca la nación entera. Así justificaba Caifás la necesidad de matar a Jesús. Ni Lucy ni su madre comprendieron del todo én qué podía relacionarse aquel versículo con Dieguito, que no era un hombre sino sólo un niño y cuya muerte parecía traer sólo tristeza; pero aceptaron aquel Vosotros no entendéis nada con que el Señor de alguna manera parecía decirles que El sabía por qué permitía que ocurrieran incluso los hechos más trágicos. Cuando regresó el señor Alvarez -quien anteriormente se había comunicado con su familia usando su celular mientras aún lidiaba con su auto, pero haciendo sólo un escueto informe de sus tribulaciones- no fue capaz de dar noticias acerca de Débora. -Tuve que decirle a Doña Elvira que hice todo lo que pude, pero que así y todo no la encontré. No me imagino dónde puede estar. Doña Cata estaba despierta todavía. Prometió llamarnos si se entera de que Débora volvió. -¿Esa chica no habrá...en fin... no habrá hecho alguna tontería?-preguntó la señora de Alvarez. -Digamos la verdad: vive haciéndolas-dijo lapidariamente su marido. -Me refiero, en fin, a si no habrá hecho algo irreparable-aclaró la señora de Alvarez, eufemísticamente, con ese miedo reticente compartido por muchos por la chocante palabra suicidio. -Esperemos que no. No podemos pedir a la policía que busque a Débora si hasta hace poco se la vio en la comisaría; tienen que pasar, no sé si veinticuatro o cuarenta y ocho horas sin tener noticias de una persona para que se la dé por desaparecida. -¿Fabio sabe de todo ésto?-preguntó Lucy. -No, y mejor que ni se entere. Ese trae problemas, nada más-gruñó el señor Alvarez, sentándose en su sillón favorito, donde se quedó reflexionando incluso cuando su mujer y su hija se fueron a acostar. Doña Elvira, por fuera, se había mantenido impasible al oír las malas noticias y que no se sabía dónde podía estar Débora. El señor Alvarez sospechaba que por dentro debía corroerla la angustia. Aunque se mostrase dura, había aprendido a querer a aquella muchacha descarriada como si fuera su propia hija. Como me pasó a mí con los melenudos de al lado, pensó el señor Alvarez, recordando inevitablemente lo sucedido con Cristian ese mismo día. -¿Por qué se porta como un tonto?-se preguntó para sí mismo. -Alvarez-objetó Ocho, asomándose sobre el hombro derecho de su protegido-: es mucho más joven que vos, podría ser tu hijo; tiene mucho más derecho que vos, por lo tanto, a ser todo lo tonto que se le ocurra. Te recuerdo que también vos hiciste tonterías. Y una de ellas fue acusar a Cristian y sus compañeros de ensuciarte el frente de la casa con pintadas satanistas, si no te molesta recordarlo. -Pero luego pedí disculpas-respondió el señor Alvarez-. No creo que Cristian haga lo mismo, incluso si recapacitara y se diera cuenta de que en este caso el equivocado es él. Sabés, me acuerdo que hace no tanto tuve que calmarlo para que no agarrase a trompadas al marido de Doña Cata cuando éste me golpeó. Que ahora se indigne conmigo solamente por decir que me parece bien que Tony se haya hecho cristiano si eso cubre sus necesidades espirituales, me parece incoherente. -La Humanidad es incoherente desde que es Humanidad-observó Ocho-. Miralo desde el punto de vista de Cristian. Para él, la Iglesia Católica miente y esclaviza a la gente con sus mentiras. Excepto al señor Alvarez, lo bastante inteligente para pensar por sí mismo, pero que no se da cuenta del terrible peligro que representa que el catolicismo haga otro converso. A Tony le van a lavar el cerebro. Va a ser un chupacirios tonto y complaciente. Y le indigna que vos te alegres de semejante atrocidad. -Pero, ¿no se da cuenta de que es una tontería?... -Alvarez, algunos de tus congéneres creen a pies juntillas que judíos y masones son reptiloides que adoran a Satán, que son precursores del Anticristo, que planean reducir la población a quinientos millones de habitantes mediante armas bacteriológicas y que a todos y cada uno de esos quinientos millones les van a implantar un chip con el número 666 para esclavizarlos. Pensá en eso sin largar una carcajada o sin agarrarte la cabeza, y después atrevéte, si podés, a reprocharle a Cristian que está actuando como un tonto nada más por creer que convertirse al cristianismo le lavará el cerebro a Tony. Fuera por hallarse de vacaciones, en su refrigerio o noqueado por Ocho, Don Querido Caballero no apareció esa noche en el hombro opuesto para decir lo suyo. Tras esperarlo un rato, el señor Alvarez se fue a la cama, con ganas de encontrarse, al despertar, que todo aquel día había sido una pesadilla. Débora no regresó esa noche, ni tampoco al día siguiente. Ya tenía a todos preocupados, cuando, de repente, apareció de nuevo en casa de Doña Elvira en la tarde del segundo día, en estado de deplorable embriaguez, caminando torpe y tambaleantemente entre los gatos que se cruzaban en su camino y hasta pisando por accidcente a alguno, hasta la primera silla que encontró. -No me digas nada, por favor-gruñó con voz alcoholizada-. No podría soportarlo. Si Doña Elvira se asombró ante este repentino regreso de Débora, al menos no dio muestras de ello, ni tampoco de pena al verla así, ni simplemente de alivio al ver que por fin había llegado. -¿Dónde estuvo? ¿Emborrachándose todo el tiempo?-preguntó con frialdad. -No-rió Débora, sin verdadera alegría-. Primero fui a declarar en una comisaría, después fui a emborracharme, me encontró la yuta y me encerró en la otra comisaría y después salí y seguí emborrachándome. -Ajá-dijo Doña Elvira. Parecía tranquila, pero Débora la conocía bien y, aun en medio de su ebriedad, sabía que aquella era la calma previa a la tormenta. La sangre india de la vieja estaba bullendo de rabia y en cualquier momento se venía el malón-. Sabe, de ese nene que murió yo ni enterada estaba. Me entero por el papá de Lucy de que era importante para usted, según parece. Débora volvió a sonreír sin ganas, un gesto que era más una parodia que otra cosa. No sin razón había omitido hablarle del chico a Doña Elvira. Ahora que ella sabía algo, tal vez se podía decirle el resto. -Siempre me lo encontraba cuando menos quería encontrármelo-respondió-. Ahí estaba con su bolsa de pegamento, aturdiéndose. Me miraba como diciéndome: Ayudáme. Pero qué lo iba a ayudar yo, si no me podía ayudar ni a mí misma. Y cuando ayudo a alguien, la embarro, como cuando ayudé a la mujer de Beto Gigena: ese mismo día me echaron del trabajo. Hay que ser bien, bien hijo de puta en la vida, no conmoverse por nadie. Solamente así la pasa bien uno. -Yo al Beto Gigena ése no veo que la pase tan bien, y eso que fue bastante mal tipo con Lola-objetó Doña Elvira-. Y los malandras que se tirotearon tampoco creo que hayan estado tranquilos y felices. Débora miró a la vieja como si ésta estuviera hablándole en chino. -No te preocupes, yo voy a ser mala todo el resto de vida que me quede, y tampoco voy a ser feliz-respondió-. Siento que hasta que me muera voy a ver la cara de ese pendejo mirándome y pidiéndome ayuda. Doña Elvira engranó. Si tenía cursado el cuarto grado de primaria, era mucho. Su reducida cultura le impedía encontrar las palabras exactas para decir lo que quería, pero ello no significaba que fuera ignorante. Al contrario, era muy sabia. Lo bastante para saber que el punto que pone la muerte es sólo punto final si ningún vivo agrega siquiera una mísera frase. -Bueno, ¡ayúdelo, entonces!-gritó-. ¿O usted que se cree? ¿Que él se murió y ya no queda en el mundo ningún otro chico al que ayudar? ¡Está equivocada, m'hija! ¡Por si no se enteró, hay mucho sufrimiento en el mundo! ¡Gente que tiene desgracias más importantes que un novio cretino y agrandado como sorete en querosén! Débora trató de coordinar sus pensamientos en medio de su borrachera. Algo en las palabras de Doña Elvira parecía intrigarla y quizás hasta alarmada. -¿A vos... a vos alguien te dijo algo?-preguntó con dificultad, tratando de articular las palabras para hacerlas inteligibles. -¿Decirme qué?-bramó Doña Elvira, sin entender la pregunta. -El enlace-intentó decir Débora-. El enlace-repitió, pero nuevamente no se le entendió palabra. Trataba de volver con la mente a aquella primer lección de computación que le había dado Lucy. Esta, en cierto momento, la había dejado sola, y ella había había pulsado el ratón de la computadora sobre un enlace que llevaba a cierta página de Internet. ¿Había llegado Lucy a verlo? Sí, Débora ahora recordaba que sí. ¿Le habría comentado a la vieja algo al respecto? ¿Por qué si no ahora le decía aquellas cosas? -¿Decirme qué? No entendí-preguntó la vieja. Débora no pudo contestar. En ese momento la acometieron las arcadas. Creo que voy a vomitar, quiso decir, pero no tuvo tiempo de hacerlo. En pocos segundos vomitó dos veces, emporcando sus propias ropas y el piso. -Ahora limpio-murmuró. -¡Cállese la boca!-la amonestó la vieja-. Ni mantenerse parada puede. Mírese. Un trapo de piso sucio y viejo parece más respetable que usted en este momento. Está hecha un despojo. Débora se echó a llorar. -Ese chico ahora está con Dios, pero usted sigue acá, en este mundo-concluyó la vieja-. Si de veras le duele lo que pasó, a ver si en memoria suya se decide a honrar la vida haciendo de una vez por todas de la suya algo positivo. No me venga con todo lo que sufrió, que para mí tampoco la vida fue fácil, m'hija. No estoy enojada porque haya vomitado y ensuciado todo. Eso es lo más fácil de arreglar, y puedo hacerlo yo. Lo demás, únicamente usted. Otra vez Débora se quedó preguntando si Lucy le habría comentado a Doña Elvira lo del enlace, pero no tuvo tiempo de pensarlo mucho. La vieja la obligó a desvestirse y bañarse y la metió de prepo en la cama, dejándole un balde al lado por si volvía a vomitar. En el estado en que se hallaba, Débora se durmió enseguida. Tuvo todo tipo de pesadillas en las que Dieguito era baleado una y otra vez o en las que se quedaba mirándola como pidiéndole ayuda; pero el último sueño que llegó a recordar lo tuvo en la mañana del día siguiente, y aunque le resultó un tanto perturbador, no fue exactamente una pesadilla. Soñó que estaba de nuevo frente a la computadora y pinchaba con el ratón el famoso enlace que llevaba a la página que nunca había podido quitarse de la cabeza. Sólo que, esta vez, no apareció esa página en la pantalla, sino la imagen de un cuarto en la que estaba Dieguito mirando con tristeza varias montañas de ladrillos de juguete que había alrededor. De repente giró la cabeza hacia Débora, y sonrió, una sonrisa de chico feliz que en vida nunca se le había visto; y no se supo cómo -cosas de los sueños-, de repente Débora se encontraba en esa habitación, y Dieguito corría hacia ella y le tomaba la mano; la misma mano que le había sostenido cuando estaban juntos en la ambulancia. -¿Cómo te llamás?-preguntó. -Débora. -Débora-dijo Dieguito, medio enredándose en cada palabra de puro entusiasmo-, ahora vamos a estar siempre juntos, ¿sí? Débora no supo qué contestar. Balbuceó un sí para dejar contento a Dieguito, a quien no quería desengañar porque lo veía tan feliz; pero recordaba que él estaba muerto y no entendía si ella lo estaba también y si ambos estaban juntos en el Cielo, o qué estaba pasando. Para colmo, todo parecía tan real que lo último que hubiera pensado era que podía estar soñando. -Y me vas a ayudar a armar muchas cosas con todo esto-dijo Dieguito, señalando los ladrillos de juguete. -¿Con todos esos ladrillos?... Pero Dieguito, ¡mirá todos los que hay! ¡Es una locura! ¡No vamos a terminar más!-contestó Débora; pero el chico la miró decepcionado, con la tristeza que en vida nunca lo había abandonado; y ante esos ojitos, ¿qué podía hacer Débora? -Está bien-accedió por fin, y Dieguito brincó de alegría. Casi ni se podía caminar de tantos ladrillos de juguete que había esparcidos por todas partes. Débora se hizo lugar como pudo, y se sentó en el suelo, y se puso a armar cosas con los ladrillos, mirando cada tanto de reojo las pilas de ladrillos sin utilizar que se alzaban amenazantes por todas partes. No voy a poder hacer mucho, pensó. Pero Dieguito estaba a su lado, rodeándole el cuello con un bracito. Cada tanto, cuando Débora armaba algo que le gustaba, la abrazaba con más fuerza y la besaba. Así fue el resto del sueño. Cuando Débora despertó -era la mañana del tercer día luego de la muerte de Dieguito- quedó desconcertada al advertir que todo había sido un sueño. No puede ser, pensó; porque hasta sentía todavía el calor del cuerpo de Dieguito donde éste había estado prendido a ella, hasta sentía la pequeña mano todavía tironeando de la suya, instándola a construír cosas juntos. No puede ser. Lo mismo, quizás, habrá pensado María Magdalena al hallar vacío el sepulcro donde debía estar Jesús. Los psicólogos sin duda tendrán sus explicaciones del hecho. Dirán que alguien en una situación como la que Débora atravesaba en aquel momento sin duda está necesitado de creer en algo, que la conversación con Doña Elvira y el recuerdo del enlace habían dado el guión a aquella película onírica, que la sensación de un deber pendiente habían terminado de redondearlo todo. Seguramente tendrían razón, pero esto no lo explica todo, como un montón de ecuaciones pueden explicar el funcionamiento del Universo, pero no su belleza. Y la determinación de aquella Débora que emergía ahora de aquel sueño, sólo una palabra puede explicarla: milagro. Algo grande y hermoso estaba en marcha. |