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Era la noche del viernes y los padres de Lucy, según su costumbre, habían ido al grupo de oración; pero ella se había quedado en casa y en cama, engripada, y con una fiebre capaz de derribar hasta a un elefante. Dio la casualidad de que tampoco Doña Cata fue, porque había trabajado más tiempo que de costumbre y estaba muerta de cansancio. Estaba en la cocina, preparando la cena, cuando escuchó que enfrente se detenía una moto. Descorrió un poco la cortina y miró. -¡Aaaaaaay! ¡Volvió el Fabio!-comentó, más para ella misma que para su esposo, aunque éste acudió a ver. -Ajá. Es él-dijo Cacho. Doña Cata había acabado por admitir que Fabio no era un muchacho tan encantador como le parecía a ella, y decididamente no una buena influencia para Débora. Luego de que ésta y Doña Elvira se hubieran comportado tan raro a lo largo de todo un mes, Doña Cata no sabía qué pensar de ellas, y le parecía que este nuevo incidente no venía a mejorar cualquier cosa que estuviera incubándose en la casa de enfrente. También ella, como Doña Elvira, empezó a imaginar distintas combinaciones de asesinato y suicidio, y se asustó; de manera que llamó por teléfono a casa de los Alvarez, con la esperanza de que, por hache o por be alguno no hubiera ido al grupo de oración. -¡Qué raro!...-dijo Cacho-. Doña Elvira lo dejó pasar a Fabio. -¿Cómo, qué?...-Doña Cata estaba al borde de un ataque de nervios, y en ese momento Lucy atendió el teléfono-. Ah, Lucy, querida, ¿tus papás están en casa? -Que Doña Elvira lo dejó pasar a Fabio-repitió Cacho. -¡No te entiendo! -¡Que Doña Elvira lo dejó pasar a Fabio!...-Cacho impaciente. -Cacho, por Dios, ¡le estoy hablando a Lucy!... ¿Así que lo dejó pasar?... ¡No, no, Lucy, querida, le hablo a mi marido!... En casa de Doña Elvira, ¿sabés? -Y la vieja se quedó afuera. -¡Y la vieja se quedó afuera, Lucy! ¿Por qué se quedó afuera, Cacho?... -¿Pero cómo mierda querés que lo sepa?-gruñó Cacho. -Dios, acá me da un infarto... ¡Lucy, vení pronto, que si ahí ocurre algo, yo no voy a saber qué hacer! Y nerviosa como estaba, no tuvo mejor idea que colgar sin más; con lo cual, del otro lado de la línea Lucy quedó tan alarmada como Doña Cata, y quizás más todavía, porque no tenía la menor idea de qué ocurría en casa de Doña Elvira, pero al parecer no era nada bueno. Su estado gripal la instaba a quedarse en casa y bien abrigada, pero tratándose de una emergencia tenía que hacer de tripas corazón. Quiso llamar a un remís para por lo menos no tomar tanto frío pero, para su desgracia, en las dos primeras remiserías que llamó había más de media hora de demora. Consternada, decidió ir a pie, que tan lejos no era, después de todo; y se vistió tan rápido como pudo, dejó una nota para sus padres diciendo adónde iba, atendió una llamada telefónica que vino a interrumpirla justo cuando estaba por salir y, finalmente, salió a la calle. Allí se encontró con Fede, de Supremacía Satánica, que justo salía de la sala de ensayo. -¡Por favor!...-exclamó Lucy. -Hola-gruñó Fede. -Ah, sí, hola, disculpá... Es una ebergencia. Be llabó alguien diciendo que una chica que conozco está en problebas. Parece que se quiere batar, o qué sé yo. Es acá cerca. ¿No... No be podrías llevar? Fede asintió. -Subí-dijo. En casa de Doña Elvira, mientras tanto, Débora intentaba reponerse, sin mucho éxito, del hecho de tener allí a Fabio en aparente coincidencia con los augurios del horóscopo. ¿Y ahora?, pensaba, confusa, con la boca abierta, como hallándose hipnotizada o bajo un encantamiento. Majestad, hasta entonces dormido en su anaquel habitual, despertó en ese preciso instante. De inmediato adoptó su habitual pose de ídolo egipcio y paseó la mirada por su entorno, cual soberano que vigila que sus dominios estén en paz.. Encontró todo más o menos en orden, salvo que algún estúpido humano había dejado entrar de nuevo al costal de bosta parlante con ínfulas de dios grecorromano. ¡Era el colmo!... ¡Ni un segundo podía descuidarse!... Maulló con mucha dignidad, y aquel maullido era una orden inapelable de que alguien retirase de palacio tan repugnante costal. Ese maullido pareció devolver a la realidad a Débora. -Momentito, momentito, momentito-dijo con firmeza, interponiendo sus manos entre ella y Fabio, en el momento en que aquel pretendía abrazarla y besarla con mucha pasión-. Sentáte ahí-agregó, señalando una de las sillas en torno a la mesa y tomando asiento a su vez. -¡Eeeeeeeeeh! ¡Qué mala que sos! ¡Así, tan fríamente me recibís-dijo Fabio, sonriendo. Porque, por supuesto, Débora se estaba haciendo rogar, no quería parecer una chica fácil, se hacía la dura. Estaba jugando con él. Pero nada más. Majestad volvió a maullar. Fabio miró de reojo a aquel viejo enemigo de cuatro patas. Qué buen guiso de liebre podía hacerse con aquel gato grande y gordo... Débora observó por unos segundos el rostro de Fabio. En su interior, un viejo rescoldo que creía apagado parecía a punto de levantar llama de nuevo. El diario pareció incorporarse y tomar la palabra: El clima es propicio para una reconciliación. No desaproveches el momento. La ternura domina la escena en tu relación con Fabio. Después no digas que no te avisé. Desde el tacho de basura del cuarto de Débora, por su parte, Las casas zodiacales y el horóscopo también tenía mucho que decir: El día tanto del mes tanto, el sol entra el la constelación tal, entonces... Débora empezó a ponerse nerviosa, y su diestra a avanzar hacia un atado de diez cigarrillos, empezado hacía menos de media hora. -Qué rico olorcito...-murmuró Fabio, con aire goloso-. ¿Qué se cocina? -Asado al horno con papas-contestó Débora, maquinalmente, luchando con esa diestra medio transformada en garra que iba en busca de los cigarrillos. Enfrente, en la casa ubicada a la derecha de Doña Cata, la señora de Domínguez había puesto un disco de grandes éxitos de Pimpinela, y ahora llegaba hasta los oídos de Débora, claramente, Olvídame y pega la vuelta. ¿Qué cantaba Lucía Galán?: Hace dos años y un día que vivo sin él, Hace dos años y un día que no lo he vuelto a ver, Y aunque no he sido feliz aprendí a vivir sin su amor, Pero al ir olvidando de pronto una noche volvió... Es cierto. Aprendí a vivir sin este idiota. ¿Voy a arruinarlo ahora?, pensó Débora. El diario insistió: El clima es propicio para una reconciliación. La ternura domina la escena... El señor Alvarez se invitó a sí mismo a opinar bajo la forma de un recuerdo: No quiero ofenderte, pero me asombra que una chica inteligente como vos crea en esas tonterías. Pero si no en el horóscopo, ¿en qué creer? La figura de la monja que la había entrevistado aquella mañana en Béccar pareció responderle: Creéme que fue una buena decisión venir acá, querida. Vas a vivir una experiencia maravillosa y humana, que nunca en tu vida vas a olvidar... -¡Eh, flaca, despertáte!-exclamó Fabio, impaciente-. ¡Te estoy hablando! -Dame un minuto. Estoy pensando algo importante. Ya te atiendo. Porque ahora soy yo la que quiere estar sin ti. Por eso vete, olvida mi nombre, mi cara, mi casa, Y pega la vuelta... Por primera vez, Débora se asustó de su propia audacia ante el camino que había elegido. Tal vez no esté preparada para esto, pensó. Lo mismo había dicho aquella mañana, durante la entrevista en Béccar. ¿Qué había contestado la monja que la atendió?: Alguien que sufrió tanto está mejor preparado que nadie. No permitas que nada te desanime. Te aseguro que no llegaste hasta acá por nada, y que no te vas a arrepentir. El atado de cigarrillos estaba de acuerdo, pero aportó lo suyo: Sin embargo, vas a necesitarme para darte coraje, y bien que lo sabés. Como adivinando aquel pensamiento, Majestad volvió a maullar desdeñosamente. Si uno los descuida, los humanos sólo piensan, y dicen tonterías... Fabio miró otra vez al gato, con cara de odio. La diestra ya estaba sobre los cigarrillos. Nada más uno, para los nervios, dijo el atado. En ese momento, algo tironeó de la otra mano. Dieguito. La mano bendecida por la del nenito el tiempo que éste la sostuvo durante el viaje en ambulancia cuando, al borde de la muerte, y por el sólo hecho de que alguien estuviera a su lado, ocupándose de él, había sentido la paz que quizás nunca antes había conocido. Débora miró hacia esa mano y le pareció ver a Dieguito ahí, junto a una pila de ladrillos de jueguete, mirándola a la vez anhelante y con cara de reproche: Me prometiste que me ayudarías a construir cosas. Tal vez Cielo e Infierno por igual reprimieron el aliento, espectantes, a la espera de la decisión de Débora, pendientes de lo que seguiría. La mano derecha de la joven acariciaba el atado de cigarrillos. Y de repente, Débora impuso su voluntad por encima de la de su propia mano, y obligó a ésta a abollar el paquetito, con los nueve cigarrillos que aún restaban. En ese preciso instante, la esclavitud a que la había sometido la nicotina llegaba a su fin, y muchas otras cadenas comenzaban a romperse. -Bueno, Fabio, disculpá la demora-se excusó Débora, sonriendo aliviada tras aquella lucha interior de la que emergía triunfante-. ¿Qué me decías? -Te preguntaba si cocinaste vos. -Ajá... -¿Y falta mucho para que comamos? -Elvira y yo comeremos calculo que en...unos veinte minutos, digamos. Vos, no sé. Preguntále a tu cocinera o cocinero. -¡EEEEEEEH! ¿No vas a invitarme a comer? -Te invito, si querés, pero mañana, en un restaurante... Y pagás vos. No pretenderás, supongo, que te invite a cenar acá, siendo que Elvira es la que puso la plata para la comida. Ahora, si ella te envita, yo no tengo problemas en que te quedes... -Ah, bueno...-dijo Fabio, sonriendo, sin dudar de que, si la vieja lo había dejado entrar, también lo invitaría a comer-. ¡Qué linda estás! -No digas pavadas. No sé si alguna vez me viste tan zaparrastrosa y de entre casa como hoy-contestó Débora, sonriendo con buen humor. -Pero si es cierto...-dijo Fabio, componiendo su voz seductora, y tal vez creyendo en sus propias palabras. La verdad es que Débora estaba embellecida por cierta paz interior y callada alegría. Pero Fabio tuvo la lamentable ocurrencia de querer tomarle la mano, y Débora la retiró con tal brusquedad que se hubiera dicho que una corriente eléctrica la había sacudido. ¿Pero qué se creía aquel zopenco? ¡Esa era la mano de Dieguito!... -Mirá, querido, todo bien con vos, pero no soy un timbre para que me estés tocando. Las manos en los bolsillos, ¿eh?, si no querés terminar con un ojo en compota-dijo, muy enojada. -¡Pero soy tu novio!...-exclamó Fabio. Tal vez ahí empezó a sospechar que algo andaba mal en serio, y que Débora ya no estaba a los pies de él. Débora se echó a reír. -¡Lo disimulás muy bien! -Débora, ¡yo quise venir antes, pero tuve cosas que hacer! -Te entiendo, te entiendo...-tono burlón de Débora, pero no exento de cierta amabilidad-. Sos un hombre muy ocupado. Hoy me visitás a mí, mañana a Natalia, pasado a Anahí, el lunes a... -¡Estuve en casa de Leo!-protestó Fabio, alzando la voz. -Sinceramente, Fabito, espero que no. No tengo problemas en que me reemplace otra chica, pero que me dejes por un hombre, en fin, medio como que es demasiado. Aparte, vos imaginate qué feo cómo suena: Débora era la novia de Fabio, hasta que él la dejó por Leo. El que no nos conoce, puede imaginar a Leo como se le dé la gana. Capaz se lo imagina como un carnicero todo velludo y sudado. Con lo cual, cuando me imaginen a mí pensarán que yo soy algo así como la Mujer Barbuda del Circo, y que entonces es lógico que el carnicero te haya parecido mucho más sexy. -Débora, ¡dejá de tomarme para el churrete!-exclamó Fabio, irritado. Sin abandonar su muy digna pose de estatua egipcia, Majestad maulló, indignado por ese tono descomedido. Débora se volvió hacia el gato. -Ya se va-le aseguró Débora, sin pensar en lo que hacía ni decía. MRRRR, respondió Majestad; con lo que, supongo, manifestaba estar dispuesto a tolerar al costal de bosta un poco más, con tal de que al final alguien se dignara sacarlo. -Desde que vine acá, o no me das pelota, o te reís de mí-dijo Fabio, ofendido. -El que empezó con los chistes fuiste vos, Fabito. Porque es un chiste que durante mes y pico o dos meses no me vengas a ver ni aunque te peguen, y ahora me salgas con que somos novios. La verdad es que nuestro noviazgo fue siempre un chiste, pero recién ahora le veo la gracia. Mejor tarde que nunca, ¿no? Francamente, para mí un novio es algo así como un caballero y andante, y tratándose de vos, me parece que mejor me quedo con el dragón. -Bueno, si estuve mal, perdoname. -No, Fabito... -¡Y no me digas Fabito!-exigió Fabio, de mal humor. Nunca Débora lo había llamado así, y a él no le gustaba ni el nuevo diminutivo ni el tono con que lo pronunciaba. Lo hacía sentir como un nene chiquito y tontito al que es preciso explicarle las cosas de a poco y con mucha paciencia, para que entienda. -Como quieras-convino Débora, pacíficamente. ¡Pobre Fabio! Tanto gestos como palabras de Débora le hacían ver que en la vida de ella él había pasado a ser un Don Nadie, y cuando se tienen muchos humos, algo así resulta muy, muy cruel. De dios grecorromano a Don Nadie, ¡qué caída más dolorosa! No era posible seducirla, ni sulfurarla, ni entristecerla. El era como gelatina sin sabor, que no alteraba en lo más mínimo el gusto de lo que se cocinara... -Como decía: te perdono. Es decir, que rencorosa no estoy-aclaró Débora con firmeza-, pero ni a palos quiero estar de vuelta con vos, al menos en calidad de novios. ¡No!-recalcó, al ver que Fabio iba a objetar-. No me interesa, no quiero. Tuviste muchas oportunidades. -Si alguna vez te hice mal, fue sin querer. -A lo mejor, sí. Pero el tema es que tendrías que haberte dado cuenta de que ciertas cosas no se hacen. Si vos te ponés un perfume sin saber que justo ese olor, por alergia o lo que sea, a mí me hace vomitar... Bueno, en un caso así, sí podés decir que fue sin querer. Pero no podés pegarme una y otra vez y decir que fue sin querer. Me importa una mierda que exista gente masoquista a la que eso le gusta. A la mayoría no le gusta, por lo tanto esos golpes están de más. Y vos me golpeaste mucho. En el alma. Y demasiadas veces. Así que, como dije, sin rencores... Pero bien lejos uno del otro. -Bah. Pensá en lo que estás diciendo. Vengo otro día a ver si reflexionaste. Yo te amo, y lo sabés-dijo Fabio, poniéndose de pie. -Yo no tengo nada que pensar. Y no me ames mucho, que igual dentro de poco no vas a verme más. -¿Te vas?-preguntó Fabio, perplejo-. ¿A dónde? -Me voy por un año de voluntaria con las Misioneras de la Caridad. La orden de la Madre Teresa-replicó tranquilamente Débora, levantándose también para ver cómo estaban la carne y las papas. Se sobresaltó ante la implacable, burlona carcajada de Fabio, pero no se enojó. Si Fabio quería reírse, que se riera, ¿por qué no?...Después de todo, había motivos. No existe que alguien deje todo lo que está haciendo y se vaya a ayudar a gente que padece un sinfín de sufrimientos. Esto sólo ocurre en películas baratas y en folletines melodramáticos y de baja estofa. La realidad son los crímenes, la violencia, el sexo. Se puede ver en cualquier noticiero. Débora pensaba igual. Era inútil tratar de arreglar un mundo que estaba de cabeza. Pero allí estaba la mano de Dieguito, invisible, tironeando de la suya. ¿Cómo se le decía a un chico así que era imposible lo que se le pedía, que por mucho que armaran y armaran siempre iban a quedar pilas de ladrillos sin utilizar y en completo desorden, que siempre cualquier esfuerzo sería poco? Y en la mente de ella ya no estaban los ojos angustiados de Dieguito mirándola como pidiendo ayuda. Ahora veía los ojos de él, sí, pero tal como los había visto en su sueño. Débora sentía que, allí donde estuviera -tal vez en el Cielo o tan cerca que hubiera podido tocarlo- Dieguito la instaba a seguir firme en aquel propósito que en un principio le había parecido descabellado y que, tal vez, lo fuera; una aventura, una partida hacia un rumbo incierto. Pero nada podría ser peor que lo que dejo atrás, pensó sabiamente. -Débora, en serio, a vos te faltan varios jugadores-dijo Fabio. -Ya sé que estoy loca, siempre estuve-respondió Débora. Y antes no te molestaba. Lo que te duele es que no seas vos por quien estoy loca. -Mejor recapacitá, ¡si vos ni crees en Dios!, ¿y por un capricho que te vino ahora te vas a ir de samaritana? -¿Y quién dijo que es una ocurrencia de ahora? ¡Vengo pensando esto hace mucho, mucho tiempo, fabio, más del que te imaginás!... ¿Te acordás aquella vez que te pedí que me enseñaras un poco de computación porque me estaba costando la materia en el colegio?... ¿Te acordás que me mandaste a cagar diciendo que tenía que ser una mina, las mujeres no tienen cerebro y qué sé yo qué otras cosas igual de dulces? Bueno, Lucy me dio unas clases durante un tiempo... -Me acuerdo-gruñó Fabio. -Bueno, durante la primer clase me dejó sola un ratito, y por accidente hice click en un enlace que iba a una página de las Misioneras de la Caridad en Internet, ¡y así se me ocurrió!... Pero entonces pensaba que era una chifladura, y entonces lo era en cierta forma, porque qué iba a ayudar a otros si no me podía ayudar ni a mí misma. Aunque la monja que me entrevistó dice que a veces ayudando a otros uno se ayuda a sí mismo. Puede ser. Ya veré yo si tiene razón o no. También le dije que no estoy segura de tener el temperamento, pero ella dice que sí, y ¿sabés qué?: me parece que tiene razón y que tendría que haber hecho esto hace mucho tiempo. Cada vez que Dieguito me miraba, me acordaba de ese enlace. Sí, tal vez ayudando a otros me hubiera olvidado de mis propias penas. Pasé demasiado tiempo llorando por los rincones, pero eso se terminó. Lo que me duele es que haya tenido que morir Dieguito para que me decidiera. -¿Murió?...-preguntó Fabio, desconcertado. -Sí, baleado por accidente en un tiroteo-contestó Débora-. En cuanto a Dios, no soy más religiosa o creyente ahora de lo que era antes. Pero el tema es que en esa página de Internet decía que no se me iba a preguntar por mi religión o creencias, por eso me interesé. -Débora, lamento de veras la muerte del pendejo-dijo Fabio-; pero por lo menos dejáme explicarme. -Ufa. Apuráte, y tratá de no decir muchas estupideces. -Yo quise venir el jueves de la semana pasada; pero es que tuve que ir a casa de Leo... -¡Me parece perfecto! ¡Andá a la casa de Leo, Virgo, Libra y todos los signos que se te ocurran! Ahora mi horóscopo me lo hago yo misma, y dice que me voy de voluntaria con las Misioneras de la Caridad. -¿Me vas a escuchar o no? -Mejor no. Te pido que no digas muchas estupideces, y ya arrancás con una. ¿Qué tiene que ver que el jueves hayas estado en casa de Leo, aunque sea cierto, con que dos meses me hayas tenido olvidada?... ¡Entre tanto, yo ya planifiqué mi vida!... -Un año de tu vida-especificó Fabio, con una sonrisa torcida-, nada más un año. Te quiero ver después. De nuevo vas a estar yirando por ahí, dándote con fasos, alcohol y merca. -Para el que vive día a día, como es mi caso, un año es toda una vida, querido-observó Débora-; y en mis ratos libres voy a tener tiempo suficiente para decidir lo que voy a hacer después. Fabio se quedó un rato con las manos hundidas en los bolsillos de su vaquero y la cabeza también hundida entre los hombros, con un aire que en otro hubiese resultado buitresco, pero que a él lo asemejaba tan sólo a un nene enfurruñado, al punto que Débora tuvo que bajar la vista para no reírse. -Me voy-anunció por fin el Hombre Hermoso, definitivamente despechado, decidiendo desplazar su humanidad hacia otras latitudes donde se justipreciara su belleza mejor que en esa casa-. Salí, gato-dijo, apartando de una patada relativamente fuerte a uno de los gatos de Doña Elvira, venido a hacerle arrumacos a su pierna. Ante ese gesto, un frente de tormenta, sumamente amenazante, empezó a obnubilar a Débora. -No los patees-dijo-, que ellos no tienen la culpa de que... -¡¡¡SALIIIIIIIIÍ!!!-bramó Fabio, pateando al gato, con mucha violencia esta vez. No fue gran daño para el animal, y lo demostró el hecho de que, aunque voló a cierta distancia, corrió asustado a guarecerse bajo la mesada; el que casi no sale vivo fue el propio Fabio, luego de que Débora se le echara encima. Para empezar, le dio una buena piña en la nariz. Acto seguido, derechazo en la mandíbula inferior, y Débora no daba indicios de detenerse. ... Ahora, decide, Anda vamos hable dime. ¿Qué quieres, que te mienta, Que invente lo que no siento? ¡Me has hecho perder el tiempo, Cobarde sin sentimientos, Que no piensas más que en ti! Lucía y Joaquín Galán, desde el equipo de audio de la Señora de Domínguez, continuaban con sus querellas de ficción. Nunca un fondo musical más adecuado para una situación de la vida real. Débora le estaba dando flor de paliza a Fabio, quien se encontraba completamente inerme, porque un caballero no le pega a una dama. Eso le habían enseñado. Lástima que no le dieron otras lecciones igualmente provechosas o bien, si se las dieron, que él no supo aprenderlas. No podía hacer más que atajarse los golpes como pudiese. Así Débora lo fue sacando de la casa y del terreno, a los puñetazos. Justo en ese momento llegaban Fede y Lucy. -Ahí está Débora-dijo ella. Fede miró con curiosidad aquel extraño match de box callejero y nocturno. No era el único. Los gritos enfurecidos de Débora y las súplicas gemidas de Fabio habían eclipsado las discusiones de Pimpinela, y Doña Cata había salido a la vereda, sin saber cómo y cuándo intervenir. -¿Y ésa es la suicida?-preguntó Fede, con cierto matiz irónico. -Esteee... Bueno... Parece que se le bejoró el ánibo. -Ya me di cuenta. Y cómo... Fede estacionó el auto y fue tras Lucy, quien corría hacia Débora, cuyo furor no había decrecido en lo más mínimo. El atribulado Fabio se encontraba arrinconado entre ella y la moto cuando Lucy, Doña Cata y Fede acudieron en su rescate: -¡Pará, querida, pará!... ¡A lo mejor el Fabio se merecía esto, pero no hace falta matarlo!... -Tiene razón Doña Cata, ya le pegaste debasiado. Dejálo que se vaya. -Calmate, flaca. Tranqui. Fede era el que decía esto último. Se había interpuesto entre Fabio y Débora mientras a esta última la sujetaban Lucy y Doña Cata por los brazos. Jadeante, Débora se fue calmando. Fede se volvió entonces hacia Fabio. Reconoció en él al imbécil del que una vez había tenido que rescatar a Lucy. Aquel rescate, por supuesto, había sido más interesante. Siempre es más lindo cuando se trata de una chica bonita. En este caso se trataba de un hombre y para colmo, luego de las refacciones que a fuerza de puñetazos había hecho Débora en la cara, era como para preguntarse si el hombre en cuestión seguiría siendo lindo... Fabio, quien tenía ahora, entre otras cosas, el ojo en compota prometido por Débora, miró alternativamente a Lucy, Doña Cata y por último a Fede, quien se encogió de hombros y puso cara de no entender nada. Acto seguido lo acometió la furia, una furia terrible. Se puso entonces en una postura muy similar a la del Increíble Hulk cuando en la serie se preparaba para romper todo, aunque se trataba, obviamente, de un Increíble Hulk sumamente desinflado y en versión del Subdesarrollo; y en tal postura gritó, como para que hasta en Marte lo oyeran: -¡¡¡HISTÉRICA!!!... ¡¡¡FRÍGIDA!!!... Y sin más pérdida de tiempo, montó en su moto y, a tal velocidad que casi dejaba estelas de fuego por donde pasaba, desapareció en lontananza. Ciertamente le convenía, no fuese cosa de que Débora continuase con las refacciones faciales. Ya más calmada, Débora se tuvo que reír de su propio ataque de furia; y cuando dejó de reírse, dio las explicaciones del caso. Fede se quedó muy pensativo al oírla decir que se iba de voluntaria con las Misioneras de la Caridad; era obvio que, para él, aquellas cosas también sucedían sólo en películas y telenovelas. Y así y todo, no creo que su asombro haya superado al de Doña Cata ni mucho menos al de Lucy. Esta última recordaba ahora cierta pesadilla reciente en la que Jesucristo volvía a ser crucificado, algo que en sueños la había llenado de angustia, pero que al despertar le había devuelto la fe. Todos los días doy mi vida por alguien... En su corazón, había sentido al Señor diciéndole estas palabras. Y recordaba también la cita bíblica que ella y su madre habían leído la noche de la muerte de Dieguito: Vosotros no entendéis nada, ni sabéis que nos conviene que muera un solo hombre por el pueblo, y no que perezca la nación entera. Un terremoto había acompañado la muerte de Jesús. la de Dieguito había estremecido a Débora, la había conmovido más allá de lo imaginable. Y quien sabía ahora cuántas vidas ayudaría a salvar como voluntaria con las Misioneras de la Caridad, por no haber podido, sabido o querido salvar a un chico solitario y triste al que ahora sentía tomándola de la mano y guiándola hacia un destino que sin duda ella no había elegido pero en el que, seguramente, se sentiría mejor que en uno de su elección. -Nunca más quiero llorar por no haber ayudado a alguien pudiendo haberlo hecho-dijo Débora al concluir su relato. Así terminó aquella noche tan extraña como reveladora, y pasó un día, y luego otro, y otro. Hubo que arreglar cierto papeleo, pero finalmente Débora estuvo en condiciones de partir como voluntaria, como se había propuesto, al sitio al que la destinaron. Llegó así el día de su partida, y muchos fueron a la estación del tren a despedirla. Doña Elvira y los Alvarez, desde luego, y Doña Cata y Cacho; pero también muchas otras personas del barrio que apenas podían creer en la transformación de Débora y en su decisión de unirse como voluntaria a las Misioneras de la Caridad, y también otras del grupo de oración al que iban Lucy y sus padres. Estas últimas en su mayoría no la conocían personalmente hasta entonces, pero sí su historia, y querían de alguna manera desearle suerte. Tal vez hubieran preferido decirle El Señor te bendiga, pero los Alvarez la sabían quisquillosa respecto al tema de la fe, y no querían molestarla. Tenían el presentimiento, por otra parte, de que tal situación no se prolongaría mucho tiempo. Habiendo tanta gente en la estación, charlaban todos en grupitos. Con Débora y Doña Elvira, quienes estaban muy serias y silenciosas, estaban sólo los Alvarez, Doña Cata, Cacho y Tony. -Bueno, Débora-dijo en tono en apariencia muy solemne el señor Alvarez-: cuando estés con las hermanas, dales un mensaje de mi parte. Yo no tengo mucho dinero que pueda donar, pero les aconsejo que piensen con visión de futuro. Soy propietario de un cuadro... -¿Hasta acá nos vas a perseguir con ese tema?-preguntó su esposa, sonriendo burlonamente. -...un cuadro que, seguramente, se va a cotizar muy bien una vez fallecido su autor. Yo, generosamente... -Ah, calláte, calláte... -...estaría dispuesto a... ¡Hmmmmmmf!-al señor Alvarez acababa de echársele encima su mujer, quien le tapaba la boca. Hubo varias risas; Débora sólo sonrió, porque se hallaba perdida en sus pensamientos. Recordaba a Mataperros huyendo por los pasillos de la villa miseria y su sangriento final, sin honor ni dignidad, sin paz ni nada bueno o útil que poder dejar tras su breve paso por esta vida. Así pude haber terminado yo-pensaba-, y no terminé así por toda esta gente que puso cada uno su granito de arena. Sin que nada los obligara. Sin conocerme. Y yo ni los supe valorar. De repente descubría que no quería irse. No al menos hasta pagar la deuda que tenía con ellos. Pero ya era muy tarde. El silbato del tren que se acercaba a lo lejos la devolvió a esa realidad. Entonces decidió sacarse de encima todo aquello en lo que venía pensando desde la noche anterior, algo que parecía que le reventaría el pecho si no lo soltaba: -Si no fuera por ustedes, yo hubiera desperdiciado mi vida-reflexionó. -Bueno... No es para tanto-opinó la señora de Alvarez; porque se había convenido no hacer mención de Dios, pero ¿de qué otra forma se podía señalar al verdadero responsable, si no era nombrándolo. Débora asintió. -Sí que es para tanto-dijo, bajando la cabeza para ocultar un par de lágrimas, las primeras de un verdadero torrente próximo a desatarse. La señora de Alvarez se acercó, la abrazó y le dio un beso, sonriendo. No solamente por aquel llanto que iba in crescendo, sino también porque la hora de la despedida se acercaba. Uno por uno fueron haciendo lo propio todos los presentes, conocidos y desconocidos. Los más allegados permanecían en las cercanías; los demás, saludaban y circulaban para dejar paso al siguiente. -A veces te traté muy mal-dijo Débora, cuando fue el turno de Lucy-. Yo no entiendo por qué... Lucy no dijo nada, sólo sonrió y le apretó la mano con fuerza, mientras otros iban desfilando. Finalmente, quedó sólo por despedirse una persona, y Débora quedó frente a ella. -¡Y vos!-exclamó-. Vos... Usted... Usted fue para mí más madre que mi madre. Y yo solamente traje problemas. No serví para nada, ni compensé por lo menos un poco las molestias que se tomó por mí. Doña Elvira la miró con ese afecto que, incluso en sus broncas más grandes, siempre había sentido por Débora, ignorado sin duda por ella misma. Una pequeña pero bella sonrisa se dibujó en su rostro. -M'hija, yo siempre quise tener lindas flores en mi jardín, pero siempre se me morían. Las que hay las plantó usted-dijo. -Es poco. Qué digo poco, es nada-respondió Débora, sin dejar de llorar. -Es mucho para mí. Pero, sabe, de todos modos con verla viva y bien me basta. Por momentos pensé que la próxima flor de mi jardín que se me iba a morir sería usted-dijo la vieja-. Pero si esto no le alcanza, tenga en cuenta que a veces los favores no se pueden retribuir a la misma persona que nos los hizo. Hay que pagárselos a otro. Y usted ahora va a hacerlo con creces. Débora se echó al cuello de Doña Elvira, arrasada en llanto. En el rostro de la vieja también afloraron un par de solitarias pero bien visibles lágrimas. No muchas, pero demasiadas para alguien más duro que las piedras. -Estoy orgullosa de usted, m'hija-dijo Doña Elvira-. Estoy orgullosa como usted ni se imagina. El tren había llegado al andén hacía ya unos minutos, demorándose la partida a instancias de parte de aquella gente que venía a despedir a Débora. Habían entretenido al maquinista y al guarda a base de súplicas y de charla. Al fin y al cabo, eso de que una chica se vaya como voluntaria con las Misioneras de la Caridad no se ve todos los días... Pero ya no era posible posponer la partida más tiempo. La pequeña mano invisible que venía tironeando de Débora desde hacía un tiempo pareció tironear una vez más, con suavidad, y ese tironeo le recordó que algunos factores en su transformación habían estado fuera del alcance o del cálculo de aquella gente. Y no obstante, hacia ellos se volvió estando en los escalones del vagón, próxima a subir: un puñado de gente buena, parte de la cual la había ayudado desinteresadamente y otra parte de la cual hubiera hecho otro tanto de haber tenido la ocasión. Mucha más gente buena de lo que podría uno imaginar leyendo los diarios; personas que de un modo u otro bregaban por construir, veloces como hormigas, lo que la maldad o estupidez de otros destruía. Sin mucho éxito. Sin poder impedir que lo que con tanto empeño reconstruían fuera arrasado nuevamente. Y a veces, cómo no, convirtiéndose ellos mismos en destructores, sin quererlo. Pero a la vez sin darse por vencidos, sin renunciar a su empeño de reconstruir y dejar de ser destructores. No quedó muy claro si Débora intuyó o descubrió la fuerza interior que motivaba a estas personas, ahora tan llorosas como ella, y a muchas otras semejantes - ahora incluso, sin saberlo, a ella misma-, o si simplemente lo hizo por impulso, como lo hicimos muchos en algún momento de nuestras vidas: ese momento en que descubrimos que una increíble encadenación de sucesos y vicisitudes, tan sutiles que no lo advertimos cuando tenían lugar, han dejado de ser explicables por la ciencia y lo son sólo por el milagro, aun cuando no ocurran de modo fulminante e instantáneo. Pero sea como sea, allí, en los escalones del vagón, alzó la vista hacia el cielo. Algo más grande había allí. Algo que no existía, como no existe la gente buena, ni las jóvenes que se van de voluntarias con las Hermanas de la Misericordia, pero para lo que en ese momento y lugar necesitaba hallar un nombre... y para el que encontró el único que conocía: -Dios mío- y ésas fueron sus últimas palabras antes de subir al tren y ocupar un asiento. Allí se secó las lágrimas como pudo, y saludó al grupo de gente que agitaba sus manos hacia ella. En ese momento creyó que el tren, que ya se había puesto en marcha, la alejaba de ellos. Se equivocaba. Lo que quedaba definitivamente atrás era su miserable vida anterior, la droga, el cigarrillo, la bebida. Ciertas personas calan muy hondo en nuestro corazón y de allí no se van, y cuanto mayor es la lejanía física, mayor es a veces la proximidad espiritual. Una semana después, Doña Elvira falleció, y algunos dijeron que de tristeza, porque no se acostumbraba a que Débora no estuviera con ella. Repito esto porque es lo que algunos dicen, pero no creo que esto sea cierto. Opino en cambio que su misión sobre este mundo había terminado. Doña Elvira era vieja de edad, pero más vieja en sufrimientos; y creo que el Señor se compadeció de ella. Seguramente ya estaba compadecido desde antes, pero necesitaba que, antes de irse, cuidara de Débora hasta que ella no necesitara de cuidado alguno más que de Dios. Y lo hizo bien, y fue al Cielo a recibir su merecida recompensa. Es lo que pienso yo. A la muerte de Doña Elvira, Lucy se dedicó a distribuir los gatos de la vieja entre sus conocidos. Pretendía también enchufarme uno a mí, pero yo me negué terminantemente, y gracias a que me negué terminantemente es, creo yo, que sólo me enchufó uno. Lástima que en el reparto me tocó nada menos que Majestad. Maldito gato engrupido, me mira en este mismo momento como diciendo que me deje de escribir zonceras y haga algo útil. Tal vez tenga razón... Así que me voy a despedir, pero no sin antes decir algo más para cerrar esta historia. Débora cumplió su año de voluntariado y durante el mismo, encontró a quien ahora es su marido. El mejor que podría tener. Este mismo año, le dio el sí a Jesús. Débora es ahora una de las Misioneras de la Caridad y está, creo, en Burundi. Hemos visto unas fotos en las que aparece con gente adulta y otra no tanto: niños de color en cada uno de los cuales tal vez vea a Dieguito y, a través de él, al propio Cristo. Nos ha llamado la atención que pese al sufrimiento que debe ver allí, en esas fotos se la nota rejuvenecida. Sin duda halló su lugar en el mundo. El único que le cabe a alguien como ella, que ve el estado del mundo y no puede soportarlo; el único posible para alguien que siente a un niño tironeando de su mano para que la ayude a construir cosas. El Señor los bendiga a todos ustedes. Gracias por acompañarme hasta aquí. |