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LOS LÍMITES DE LA HUMILDAD PDF Imprimir E-Mail
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Escrito por EDUARDO ESTEBAN FERREYRA   
miércoles, 11 de agosto de 2010

      Antes de entrar en tema compartamos tres historias de vida, comenzando por una de la que quizás estén informados muchos: la de Mike Doohan, célebre piloto del motociclismo internacional que allá por 1992 sufrió un grave accidente en el circuito de Assen (Holanda) que le produjo una fractura de tibia y peroné agravada por gangrena. Cuando la mayoría de los especialistas era partidario de amputarle la pierna, se alzó la voz opositora del Doctor Costa, un médico de larga trayectoria en eso de recomponer a motociclistas famosos y maltrechos. Costa sometió a Doohan a ocho operaciones y a un tratamiento consistente en levantarle la piel y unir ambas piernas para que se reestructurase el tejido. Fueron dos años de intenso sufrimiento, un Calvario en el que, según se dice, médico y paciente a veces lloraron juntos; pero aunque a Doohan le quedó una secuela, el tobillo derecho inmovilizado, pudo regresar a los circuitos de motociclismo y volver a consagrarse varias veces campeón del mundo en ese deporte. Un accidente posterior lo forzó a retirarse definitivamente; supongo que Dios ya no quería que se expusiera a romperse una y otra vez el esqueleto... 

       Mucho menos famosa, la historia de Sir Peter Buck se narró en un artículo intitulado Vikingo del amanecer, en la edición mexicana de la popular revista Selecciones del Reader's Digest en enero de 1977. Sir Peter Buck, escritor, médico, erudito y poeta neozelandés, era hijo de un irlandés y una maorí. Fue un gran difusor de la cultura polinésica en libros como Vikings of the down ("Vikingos del amanecer", en referencia a las exploraciones en canoa de los polinesios) y un hombre que luchó por mejorar las condiciones sociales y sanitarias de los maoríes. Hallándose lejos de su país, en 1948, se le diagnosticó un cáncer incurable y se le dijo que le quedaban sólo tres meses de vida. Pese a estar ya muy débil, Buck luchó contra el fatal pronóstico, pues tenía cuatro libros por terminar y quería visitar Nueva Zelanda por última vez antes de morir. En 1951, tres años luego de aquel diagnóstico y una semana después de  concluir el último de esos cuatro libros mencionados, falleció por fin Sir Peter Buck.  Esta asombrosa dilatación del margen que supuestamente le quedaba de vida deja pensando en lo que habría podido suceder si en vez de cuatro, los libros a terminar hubiesen sido cuarenta.

      Citemos por último, recomendando a las almas más sensibles que primero preparen una buena reserva de pañuelos en previsión del diluvio lagrimal, el artículo que con el título Una respuesta caída del cielo se publicó, también en la edición mexicana del Reader's Digest, pero en enero de 1996. Allá por octubre de 1993, Rhonda Gill, de veinticuatro años, observaba impotente la angustia de su hija de cuatro años, Desireé, quien hacía poco acababa de perder a su padre, acontecimiento del que no lograba recuperarse emocionalmente. Dos visitas a una psicoterapeuta infantil no surtieron efecto, ni tampoco la chocante experiencia de verse confrontada con la lápida del padre muerto en un duro intento por obligarla a asimilar el hecho. Cuando por último Desireé llegó a decir que quería morir ella también para poder estar con su padre en el Cielo, la infortunada madre sintió que sus fuerzas llegaban al límite.

      Llegó así el ocho de noviembre, fecha en la que Ken, el padre de la niña, habría cumplido veintinueve años, de haber seguido vivo. Como Desireé quería mandarle una carta de felicitación a su padre, por sugerencia de su abuela materna eligió un globo decorado con la figura de Ariel, la protagonista del filme de Disney La Sirenita que tantas veces habían visto padre e hija cuando el primero vivía aún, y a él fue amarrado, dentro de una bolsa plástica, el mensaje, cuyo contenido era el siguiente: Feliz cumpleaños, papá. Te quiero y te extraño. Espero que recibas esta carta y que me escribas en enero para mi cumpleaños. Luego, Desireé soltó el globo en el cementerio, quedó observándolo por espacio de alrededor de una hora mientras se empequeñecía en el firmamento y no tuvo ninguna duda de que recibiría una respuesta de su padre.

      Tras recorrer cinco mil kilómetros en cuatro días, el globo fue a dar en los alrededores del lago Mermaid (sirena, en inglés) y a manos de un joven matrimonio, Wade y Donna MacKinnon. Tras leer el mensaje, Wade concluyó que Dios posiblemente los había elegido a ellos para que buscaran la forma de ayudar a Desireé; pero Donna, anímicamente destruida por la mera idea de que una niña tan pequeña se viese ya privada del padre, nada quiso saber del asunto, y Wade, dado que su esposa rompía en llanto al ver el globo, terminó ocultándolo dentro de un armario. Pero algunas semanas más tarde Donna acabó persuadiéndose de que Wade tenía razón, y que Dios los había elegido para ayudar de alguna manera a Desireé.

      El siguiente 20 de enero, once días después de su cumpleaños, Desireé recibía una tarjeta, una carta y un cuento. La inscripción de la tarjeta decía: Para una hija querida, los mejores deseos en su cumpleaños. El texto de la carta, resumido, era el siguiente: Tu padre te desea un feliz cumpleaños... cuando mi esposo, Wade, salió a cazar patos, encontró el globo de la Sirenita que le mandaste a tu papá. Como en el cielo no hay tiendas, tu padre quiso que otra persona te comprara este regalo en su lugar. Yo creo que nos escogió a nosotros porque vivimos en un pueblo que se llama Mermaid. Yo sé que tu papá quiere verte feliz, y no triste. Y también sé que te quiere mucho y que siempre estará cuidándote. Con todo nuestro cariño, familia MacKinnon. El regalo era una versión del cuento de La Sirenita en la que la protagonista moría y era conducida al Cielo por tres ángeles. Desireé interpretó que su papá había elegido esa versión porque la sirenita ascendía al Cielo, como él. Nunca más la muerte de su padre volvió a atormentarla aunque, por supuesto, a veces necesitó hablar con él y a menudo eligió para ello a los MacKinnon, a quienes llegó a conocer.

      Estas tres historias tienen dos cosas en común. La primera, naturalmente, es el milagro. Parecía imposible que Mike Doohan pudiera salvar su pierna lesionada, no hablemos ya de volver al motociclismo y mucho menos de consagrarse campeón nuevamente. Desafía a la lógica que una persona ya debilitada por una enfermedad  y a la que le han pronosticado sólo tres meses de vida extienda ese plazo a tres años, como sucedió con Sir Peter Buck. Y desde luego, suena a invento que un globo con un dibujo de una sirenita recorra cinco mil kilómetros en cuatro días, sin pincharse ni desinflarse, y aterrice en un lago cuyo nombre significa sirena.

      El segundo elemento en común es que para llevar a cabo todos estos milagros, Dios requirió en gran parte de la intervención humana. El Doctor Costa pudo haberse sumado al coro de pesimistas que vaticinaba que la pierna lesionada de Doohan no tenía salvación,  y el propio Doohan pudo acabar cediendo al dolor del tratamiento y pedir que se la amputaran. Sir Peter Buck pudo resignarse ante lo que para cualquier otro habría sido un inevitable destino y dejar truncos sus últimos proyectos. Y los MacKinnon podrían haber pensado, de manera cómoda y facilista, que si bien la de Desireé era una pérdida dolorosa, no era ella la única en sufrirla, y que no podían arreglar todos los problemas del mundo. Todas estas personas recordaron que estaban hechas de algo más que del cieno del que, según la Biblia, se valió Dios para formar a Adán; recordaron que tenían voluntad, y que estaba en sus manos usarla para intentar modificar incluso lo que en teoría no es susceptible de ser modificado por mortales. Se hicieron en ese momento tan grandes como nos es posible serlo a los seres humanos.

     Y de esto quería hablar, porque, qué duda cabe, la humildad es una virtud bella y noble; pero a veces se confunde con otras cosas que tienen muy poco de virtudes, de bellas y de nobles. Dios derramó muchos dones sobre nosotros; más, quizás, de los que nosotros mismos notamos. No nos fueron dados para esconderlos, como no se esconden lámparas bajo la cama. En la medida que la supuesta humildad nos impida reconocer que somos depositarios de esos dones y usarlos lo mismo en beneficio del prójimo que del nuestro, ya no estaremos cultivando una hermosa virtud, sino que padeceremos una anomalía que estará impidiéndonos desarrollarnos  según la voluntad del Señor e incluso que más almas se acerquen a El.

      Porque, en efecto, todos tenemos la necesidad de amarnos a nosotros en primer lugar, antes aun que al prójimo. Si no nos amamos nosotros mismos, no amaremos a nadie, es así de simple. Ahora bien, ¿cómo podemos amarnos, si no es aceptando que Dios puso en nosotros valiosas cualidades o si no sabemos identificarlas? Hasta el más forzudo se verá imposibilitado de auxiliar a una persona atrapada entre escombros, si se considera débil; hasta el más inteligente es incapaz de resolver el problema más sencillo, si se cree estúpido y descerebrado. Lo que no quiere decir que uno y otro no tengan sus límites. Desde luego, todos los tenemos, pero la posibilidad de que al centésimo primer intento fracasemos en lo que es nuestra especialidad, no quitará esas cien veces anteriores en sí tuvimos éxito. Y sin embargo hay buenas probabilidades de que no lo tengamos si la jugamos de perdedores. Dios nos ha dado determinado don; admitamos que lo tenemos, que hay algo en lo que somos buenos y que es un punto fuerte. Por supuesto que eso es una cosa, y ufanarse de que uno en ese campo es el mejor de los mejores, el insuperable, otra muy distinta y ya más desagradable. Tenemos esos dones por gracia de Dios, no por esfuerzo propio, pero los tenemos, y saber que los tenemos, y usarlos en consecuencia, nos ennoblece lo mismo a nosotros que a quienes nos rodean. No en vano permite El que seamos sus instrumentos merced a dichos dones. Y no en vano, también, en Lucas 16, 1-13 nos ilustra con la parábola del administrador infiel, aquel tránsfuga que repartiendo recibos falsos a diestra y siniestra logró asegurarse de que hubiera gente dispuesta a recibirlo tras ser despedido por su amo. Como modelo de virtud es decepcionante, claro, pero el tipo ostentaba una astucia y una audacia que quienes seguimos al Señor rara vez demostramos. Nada menos nosotros que, precisamente por gozar del respaldo de Dios, deberíamos mostrar mayor seguridad y confianza. Pues no. Ahí estamos, cohibidos, achicados, ofreciendo una imagen lamentable y que, por supuesto, desalienta y pone en fuga a cualquier converso en potencia. En la medida que persistamos en semejante actitud derrotista, en vez de pensar a la vez con humildad y arrollador orgullo que nada más somos hijos de Dios, pero tampoco nada menos, y que por lo tanto que se cuiden las penurias que intenten pararnos, porque les pasaremos por encima sin detenernos más que ante El o ante su Ley, seremos propensos a extender la pierna para que nos la amputen, a firmar nuestro propio certificado de defunción y a esconder el globo allí donde no podamos verlo.

Modificado el ( jueves, 12 de agosto de 2010 )
 

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