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SORPRESA Y MEDIA (Testimonio) PDF Imprimir E-Mail
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Escrito por EDUARDO ESTEBAN FERREYRA   
martes, 17 de agosto de 2010
      La mayoría de la gente que conozco piensa en su infancia con nostalgia y añoranza y, si se le diera la oportunidad, le gustaría volver a esa época de su vida. De la mía recuerdo muy poco, sólo pantallazos y, puedo asegurarlo, no me gustaría regresar a esa época. Lo que me gustó de mi niñez, sigo conservándolo hasta el día de hoy; el resto parecen flashbacks de una pelífcula de terror. En casa predominaba un clima opresivo, en parte porque mi padre padecía una lamentable alquimia de enfermedades mentales: esquizofrenia mezclada con paranoia y mezclada con quién sabía qué. En algunas de sus crisis más agudas, de esto me enteré mucho más tarde, veía arañas gigantes trepándose a las paredes. A veces tenía la obsesión de que un auto lo seguía por la calle. Pero posiblemente lo peor fue cuando en una de estas crisis trató de matar a una de mis hermanas, entonces de diez años. Yo tendría cuatro o cinco en aquel entonces; sin embargo, no recuerdo el hecho. A esta misma hermana, a los trece, trató de manosearla un abuelo y más adelante, a los veinte o veintitantos, le tocó vivir un confuso episodio en el que cierta persona la mantuvo secuestrada y la hizo pasar por loca aprovechando los antecedentes familiares. En ese entonces, como yo antes, ella consideró la posibilidad del suicidio; y vale la pena destacar que fue también gracias a la Renovación Carismática que salió de aquel trance horrible, que nunca conocí en todos sus detalles.

      Todos estos sucesos, y otros menores, repercutieron en la familia de mil formas. Tal vez lo más espeluznante era el clima opresivo que se vivía en casa. Uno se despertaba sabiendo que habría peleas, que dos o tres personas terminarían llorando e insultándose. Qué familia de mierda, diría años después una sicóloga a una de mis hermanas; una afirmación que a los de afuera les parece casi monstruosa y que, sin embargo, es sólo valiente y sincera. Aquella mujer no descalificaba a ningún miembro de la familia; sí decía que, como familia, era...ni más ni menos lo que ella dijo. Fue un monumental fracaso, y los fracasos hay que saber reconocerlos.

      Fuera de casa, la situación no era mucho mejor para casi ninguno de nosotros. Teníamos y tenemos todavía en parte dificultades para relacionarnos con otras personas; si bien ahora no las notamos casi, porque son cosa de risa comparadas con las de aquel entonces. Lo máximo que me puede pasar ahora es tener que apartarme de la mayoría de las personas por aburrirme con ellas. Esto es lógico, porque cuando uno vivió situaciones anómalas y, casi diría, situaciones límite, cosas como el aumento de precios, los resultados del fútbol, la intimidad de las estrellas del espectáculo y las andanzas sexuales de fulano o mengano (aquí siendo fulano y mengano, por ejemplo, compañeros de trabajo) producen sopor o exasperación. Pero cuando se es niño o adolescente, no es fácil resignarse a sentirse sapo de otro pozo con todo el mundo y sobre todo entre personas de la propia edad. Padecía lo que más tarde se conoció como acoso escolar, situación en la que la totalidad o la mayor parte de los alumnos de un curso se vuelven contra uno en especial, al que hacen víctima y bufón. Entonces, a los quince años, intenté con bastante determinación quitarme la vida, como he mencionado en otras ocasiones. Ya lo había intentado a los diez, pero sin muchos bríos. De cualquier manera, precisamente porque ya hablé de ello antes, no volveré a hacerlo ahora. La verdad, es otra cosa lo que vine a contar, pero antes me parece interesante compartir lo que sucedió inmediatamente después de que la posibilidad de quitarme la vida, al menos en el futuro inmediato, dejase de rondar por mi cabeza. Interesante, es una forma de decir; la verdad, hay cosas mucho más fascinantes, pero dado que quizás pueda ayudar a otras personas en similar situación, ocupémonos de este tema.

      Porque, la verdad, sería muy desacertado pensar que entrar en la Renovación Carismática fue la solución mágica a todos mis problemas y, la verdad, en breve tiempo terminé abandonándola. Las causas fueron varias. En primer lugar, ahora sentía una chispa de esperanza, pero nada más. Todo el mundo parecía recibir cualquier cosa que pidiera en oración, pero a mí no me ocurría lo mismo. Empecé a sentirme una especie de hijo de Dios de segundamano. Las exigencias, en cambio, parecían miles, y todas ellas difíciles de cumplir: que amar a los enemigos, que observar escrupulosamente los Diez Mandamientos, que esto y lo de más allá... Seguía teniendo problemas para comunicarme con le gente; eso tampoco ayudaba. Me tocó cruzarme con una o dos personas cuya cercanía me era muy ingrata; en lo que hubo gran magnificación por parte mía, lo admito. Por último, estaba el hecho de que en el grupo de oración al que concurría iban familias perfectamente constituidas, y yo desentonaba mucho en eso: la mía estaba muy desmembrada. La felicidad del prójimo en ocasiones duele mucho. A los cuarenta, uno se toma las cosas de otra manera: suspira, aliviado de que haya gente feliz, aun en puntos sobre los que uno es inevitablemente sensible; pero a los quince o dieciséis es muy duro fracasar en lo que, tal vez, uno más deseó en la vida.

      Dice el Eclesiastés que hay un tiempo para todo y creo que Dios estableció que era tiempo, para mí, de alejarme de esa fe en la que sin embargo era tan nuevo. Yo, por supuesto, creí que dejaba atrás al propio Dios; pero ahora tengo la sensación de que así como uno nunca alcanza el horizonte, que se va alejando siempre con la persona que avanza hacia él, uno no se aleja de Dios sino, como mucho, le da la espalda y ya no lo ve, pero que El se mueve con nosotros cuando tratamos de dejarlo atrás. La verdad, en aquel entonces tenía mi vida, pero no sabía qué hacer con ella, y me preguntaba, quién no lo ha hecho alguna vez, cuál es el secreto de la felicidad. Lo asociaba con algo que se necesitaba tener; e identificaba ese algo con todo lo que yo desesperaba por tener y de lo que carecía: una familia normal, amigos. No sé qué papel cumplen estas cosas en la vida; pero estoy seguro de que ni de lejos es tan relevante para ser feliz como yo había imaginado. Creo que la felicidad está relacionada más bien con la actitud y que lo más esencial para adoptar esa actitud es la dignidad. Yo no la tenía en aquel tiempo; apenas si, como mucho, sospechaba que podía existir. Mi ingreso en la Renovación Carismática me había hecho pensar que yo tal vez fuera una criatura inútil y que no valía nada, pero que Dios me quería y me iba a dar todo lo que yo le pidiera o necesitara. Podría decirse que fue exactamente eso lo que hizo pero, por supuesto, no estábamos de acuerdo en lo que El y yo pensábamos que yo necesitaba. Y además El no quería que yo me sintiera un ser inútil y sin valor. Prefirió que no creyera tanto en El y que aprendiera, en cambio, a creer primero un poco en mí mismo. De hecho, El creyó en mí mucho antes que yo.

      En la vida están los que tienen grandes planes para sus vidas y los que simplemente viven el día. Creo que estos últimos no abundan. En aquella época no me quedaba más remedio que vivir el día. Tenía también sueños, pero sólo eso eran; no proyectos. No estaba en condiciones de convertir esos sueños en proyectos, y creo que fue bueno, porque de haber concretado esos proyectos, creo que hoy sería bastante desdichado. El quid es que mi sueño era casarme y tener hijos. Creo que soñaba esto porque me sentía solo y porque anhelaba una especie de revancha por mi fracaso familiar; pero muchos años de soledad espiritual lo hacen a uno muy individualista, aunque, como ni yo me conocía bien a mí mismo por aquella época, no me daba cuenta de que, a la larga, haciendo vida de casado me habría sentido sofocado y marchito.

      Pero volviendo a lo que decía más arriba, al no tener un proyecto de vida no me quedaba más que vivir el día, y al no disponer de grandes cosas, no me quedaba más remedio que disfrutar de las pequeñas: la visión de un atardecer, escuchar alguna melodía que me gustara, disfrutar de la tibieza del sol en un día de invierno, etc. Dicho así, tal vez suene muy gris, muy insípido; en realidad es una situación similar a la de una persona que no tiene para comprar un plato de comida, pero encuentra aquí y allá pequeñas porciones que, juntas, hacen una cantidad más o menos igual. La diferencia es que, inevitablemente, viviendo el día uno no puede evitar preguntarse qué sucederá mañana, y piensa que alguna vez eso terminará, que llegará el día en que no encuentre de qué disfrutar. De hecho, no puedo negar que muchas veces pensaba que ello iba a ocurrir algún día, y que entonces me volverían las ideas suicidas. Otras veces recordaba también el grupo carismático del que me había apartado. En momentos en que me sentía de nuevo casi ateo, ese recuerdo hacía vacilar toda convicción. No podía explicar por la mera sugestión esa rendijita de esperanza que se había abierto en mi alma entre los carismáticos, ni esa presencia invisible que parecía presidir las reuniones de oración, cuando nos quedábamos todos meditando en silencio. Otras veces me invadía el más negro de los desánimos y, cuando ello sucedía suplicaba a Dios que permaneciera conmigo; porque enojado por el hecho de que no respondiera a mis peticiones, le había manifestado no querer que él fuera mi Señor, ni yo su siervo, y sin embargo no supe prescindir totalmente de El, de modo que le pedí que fuésemos amigos. Me conmuevo mucho recordando que, aun no estando obligado al respecto, fue amigo mío de una manera que sólo lo puede entender quien realmente ha sentido la soledad fustigándole el alma con una vara helada y sin importar cuánta gente hubiera alrededor. De hecho, cuando más solo me he sentido fue en medio de multitudes... Pero a pesar de no haber accedido a peticiones concretas, nunca me negó su compañía y, de hecho, fue en gran medida gracias a El que aprendí a disfrutar de las pequeñas cosas que mencionaba antes. Un momento para mí muy especial fue un día en que caminaba en plena calla sintiéndome como si el mundo se hubiese derrumbado sobre mí. Tuve entonces la sensación de que un brazo poderoso rodeaba mis hombros pero, sobre todo, rodeaba mi alma, y como si Dios me hablara y me recomendara mirar hacia el cielo y notar que aquel era un día espléndido, que haría bien en disfrutar pese a todo. Era invierno entonces, mi estación favorita, pero el sol entibiaba la atmósfera; y al notarlo, me sentí feliz.

       Fueron muchos, muchos años así. Durante los mismos mi padre, que se había ido de casa estando yo todavía internado en una clínica por depresión, acabó teniendo, lamentablemente, éxito en lo que yo había fracasado: se quitó la vida, o fue al menos lo que nos dijeron. Recibí la noticia con resignación, pero una de mis hermanas sufrió mucho al enterarse. Se sentía culpable; pensaba que podría haber hecho algo. En realidad, creo que todos fuimos culpables y a la vez ninguno lo fue, pero en todo caso ya era demasiado tarde. En parte debido a esta tragedia, esta hermana mía sufrió posteriormente ataques de pánico que la llevaron a visitar a aquella sicóloga que mencioné antes. Su opinión, que a algunos parecerá lapidaria, a nosotros nos trajo cierta paz. Toda la situación familiar había sido sólo un inextricable, horrible nudo gordiano imposible de desatar, y a menudo nos atormentaban viejas culpas. El veredicto de la sicóloga fue como un golpe de espada asestado contra tan horrible nudo.
      Algo de lo que no hablé fue que, desde chico, tuve inclinación por escribir historias de ficción, y que esa afición jamás me abandonó. Empecé remedando estilos literarios o cinematográficos que iba encontrando de mi agrado; las tramas eran con frecuencia fiel reflejo de lo que yo llevaba en el alma; y así, por ejemplo, las que concebía en los días en que mi única aspiración real era quitarme la vida imaginé un argumento espantoso, del que por suerte no llegué a escribir una sola palabra, acerca de un niño al que sus padres maltrataban encerrando en el ropero, donde él permanecía temblando de miedo y de angustia. El hecho de que yo disfrutara mucho el sufrimiento de ese niño (en el que veía a todos y cada uno de los compañeros de escuela que me habían maltratado) dará una idea del odio que llegué a sentir yo por aquella época. Si no llevé aquella historia al papel fue porque, precisamente, escribir no me traía placer en aquella época. Mi madre solía decir, en un intento por consolarme, por sacudirme de encima la depresión, que escribir era mi don y que era algo muy valioso, algo que debía ponerme contento. Yo no lo creía, pero luego de mi breve paso por la Renovación Carismática, retomé el hobby con mayor intensidad que antes. A diferencia de muchas otras actividades que requieren de dinero, escribir es algo que no cuesta casi nada y que es mejor que cualquier programa de TV. No deja de tener, como todo, su cuota de frustración, porque lo escrito no hace ni remotamente justicia a lo que uno imaginó, y leerlo a veces lo deja uno gruñendo. En una escena de la película Julia,  la escritora Lillian Hellmann (interpretada por Jane Fonda), harta de no escribir lo que ella quería o como ella quería escribirlo, en un arrebato de exasperación arrojaba la máquina de escribir por la ventana, y en la siquiente escena ya estaba de vuelta delante de otra (o de la misma que había sido reparada, no sé). Son escenas con las que me siento plenamente identificado cuando las veo.
      Entre todo lo que iba ocurriendo a lo largo de todos esos años se daba la paradoja de que me iba alejando cada vez más de Dios y, paradójicamente, me acercaba cada vez más a El, de la misma manera que si uno se aleja de determinado punto geográfico siempre en línea recta, luego de haberse distanciado todo lo posible, empieza a acercarse de nuevo desde la dirección opuesta. En algún momento, no podría precisar cuándo, dejé de necesitar del consuelo de Dios y ése, podría decirse, fue el momento en que más me alejé de El; incluso llegué a pensar que me lo había imaginado todo, que realmente Dios no existía, pero que me lo había imaginado porque eso me había hecho sentir bien en momentos en que mi vida no andaba del todo bien. Sin embargo, se daba el hecho curioso de que todas aquellas cosas que en su momento habían sido obstáculo para seguir asistiendo al grupo de oración, de repente iban perdiendo importancia una tras otra. Ya hice en cierta forma alusión a una de ellas, el dolor que me producía ver reunidas en alabanza a Dios familias como las que yo hubiera soñado para mí. Quizás ello se deba a que desde aquella lejana época había visto demasiadas familias divididas, desdichadas, enemistadas. Llega un momento en que uno tiene que admitir que no es el único que ha cargado con esa cruz, que hay hasta familias mucho peores  y que clama a gritos por conocer una, ¡al menos una! familia en la que medianamente reine la paz y la armonía.
      No deja de ser a la vez cómico y asombroso cómo ocurren algunas cosas. Dije antes que otro de los motivos que me habían distanciado de Dios fueron las múltiples exigencias morales de la religión cristiana. Esto terminó, también, dejando de ser impedimento, y empezó a dejar de serlo debido a una especie de shock literario que sufrí al leer el cuarto volumen de la saga de Harry Potter, a la que me había vuelto muy aficionado. Casi sobre el final del libro un personaje, Cedric Diggory, muere asesinado por el principal malo de la saga, Lord Voldemort; a lo que sigue más tarde un largo discurso de otro personaje instando a recordar esa muerte siempre que hubiera que elegir entre lo cómodo y lo correcto. No sé los personajes del libro; el que quedó horrorizado e impactado por aquellas palabras fui yo. Había razones porque, la verdad, no sé en otros países, pero en Argentina el derrumbe de valores es espeluznante de veras. Ahora no escucho ni veo noticieros, pero lo hacía en aquellos días, y siempre trascendía un nuevo y más espeluznante asesinato. Hasta entonces yo me había atenido a la idea de que los preceptos cristianos eran, ciertamente, muy bonitos, pero que por incumplibles en la práctica no valía la pena hacerles caso. Pero como si de repente despertara de un sueño, veía que la cordura y la piedad se hacían humo y que todo vestigio de civilización desaparecía de la sociedad. Medité también que, a veces, el no cumplimiento de una determinada norma moral conduce al no cumplimiento de otra; total, ¿qué sentido tiene cumplir la segunda, si ya hay una que no se puede cumplir?
      A esa altura de los hechos yo ya no veía a Dios en Cristo, de cuya fe me había alejado precisamente porque todas sus reglas me parecían incumplibles, pero me seguía pareciendo un símbolo muy fuerte, un símbolo de bondad. Se dio entonces el absurdo de que de golpe quería proponerme cumplir con todas esas reglas a sabiendas de que no lo conseguiría, porque sencillamente sentía que, proponiéndose todo, quizás se consiga cumplir con mucho; y adopté la cruz como emblema aun cuando en ese momento no creyera en la divinidad de Jesús e, incluso, dudaba que hubiera Dios alguno.
      Viene ahora la parte que realmente me interesaba contar, porque hasta ahora no fue más que puro prólogo aunque lo que viene es muy, muy cortito. Pero antes de narrarlo expliquemos a quienes no sean argentinos que años atrás hubo en la televisión argentina, ya sé que cuesta creerlo, un programa muy bueno, muy lindo, que se llamaba Sorpresa y media al que la gente enviaba cartas pidiendo que se le cumpliera determinado sueño a alguna persona querida, el más anhelado de su corazón. Algunos de estos sueños eran muy frívolos, muy superficiales, como el de gente que quería conocer a tal o cual famoso actor, deportista, etcétera; pero normalmente se cumplía por programa al menos un sueño más emotivo que podía tener que ver, por ejemplo, con el reencuentro entre familiares separados por muchos años y muchos kilómetros de distancia. A la persona cuyo sueño se le iba a cumplir se la dejaba en la ignorancia hasta último momento y, con ayuda de varios cómplices (allegados todos ellos a la persona a la que se desaba sorprender, y entre los cuales estaba sin duda la persona que había enviado la carta al programa) se hacía una cuidadosa puesta en escena de algo que resultaba puro teatro hasta que, en determinado momento, se enteraba de golpe de que su sueño iba a hacerse realidad. De emoción, el sorprendido terminaba generalmente llorando a mares. 
 
       Dios me tenía reservada todavía una sorpresa mayúscula, como salida de una emisión de aquel programa. Mientras se vive, a veces uno no tiene tiempo de plantearse si es feliz y, de todos modos, la felicidad es algo muy relativo. El solo hecho de que la desesperación no me empujara al suicidio era para mí motivo de felicidad, pero muchas personas me decían que la felicidad consiste en tener un objetivo u horizonte en la vida y, visto de esa manera, indudablemente no fui feliz durante años. Por otra parte, a veces asusta preguntarse a uno mismo si se es feliz, sobre todo cuando la respuesta es vacilante; y a fuerza de por las dudas no hacerse la pregunta en tiempos dudosos, cuando la respuesta sería afirmativa, de  todos modos uno está a costumbrado a no hacérsela.
      Ocurrió que mi madre terminó teniendo, quizás, más razón de la que ella misma creía al afirmar que escribir podía ser algo muy valioso en mi vida. Creo que actualmente nunca me siento tan cerca de Dios como cuando escribo, hecho que quizás sirva para entender que actualmente ame tanto escribir. Cuando escribo, veo las cosas de manera más distinta, y más que escribir para difundir ideas propias quedo perplejo aprendiendo de mis personajes cosas que jamás se me hubieran ocurrido y que ni sé de dónde salen. Además, a fuerza de acompañar a esos personajes a lo largo de páginas y páginas, uno los siente muy reales, y termina amándolos como si fueran hijos. Y aquí viene la parte que quería contar:
      Una noche, cuatro o cinco años atrás, leía algo que acababa de escribir. En el argumento, un personaje había sido objeto de una humillación, tal vez, necesaria para que afloraran las buenas cualidades que llevaba ocultas. A veces nos ocurre así: guardamos lo mejor de nosotros mismos dentro de algo muy duro, que debe romperse para que lo otro aflore.
      Luego de esa humillación, el personaje permanecía muy amargado. En su mente, él estaba acabado, había fracasado en su vida y, más allá de lo que ocurriera luego, lo más valioso de su vida, sus posibilidades de ser feliz, habían llegado a su fin. Esto no era cierto, pero lo sabía sólo yo, que era el escritor y sabía lo que vendría luego; no él. Sabía que su vida iba a estar llena de sorpresas y que sería feliz de un modo extraño, yendo por caminos que a él nunca, ni remotamente se le habría ocurrido elegir. Sonreí enternecido imaginando al personaje en cuestión pensar que la lógica de su existencia llegaba a su fin, cuando no había hecho sino empezar. ¡Si él supiera!..., pensé
      Lo que siguió a continuación, en apenas segundos, fue algo indescriptible. Volví a sentir aquel mismo abrazo poderoso y suave que ya había notado antes otras veces, como aquel soleado día de invierno del que hablé más arriba; un contacto que había olvidado hacía mucho tiempo. Esto quizás lo entienda el lector y lo haya compartido muchas veces; de lo otro es que tengo dudas que pueda entenderlo, porque tengo que recurrir a metáforas. Fue como si aquel brazo me arrancara por un segundo de mi envoltura carnal y tridimensional y me elevara hacia otro plano superior y viera yo mismo retroceder páginas atrás ese libro que es mi propia vida y cuyo autor es Dios; y retrocedía hasta un punto de mi vida que ahora me parecía lejanísimo, en el que yo mismo me sentía vencido, cansado y planteándome las razones de mi existencia. Y entonces fue como si Dios, señalándo esa persona que alguna vez había sido yo, se volviera hacia el que era ahora, ése al que seguía rodeando con su brazo, y guiñándome un ojo me dijera: ¡Si el supiera!...
       En una fracción de segundo tomé consciencia de mi propia felicidad actual. Lloré alrededor de media hora, si no más. Fue una experiencia muy fuerte para que pueda describirse en términos humanos. En su momento traté de reflejarla en otro artículo que intitulé Vieja radiografía de alma, pero fue un fracaso, no más que un esbozo muy torpe de las emociones que viví entonces. Este artículo que acabo de escribir ahora temo que sigue siendo igualmente inexitoso en su intento por reflejar ese instante. Como ya lo hice muy extenso, reiteraré aquí algo que mencionaba en aquel primer e insuficiente intento, que es, quizás, lo más que pueda dar a entender a quien lea esto: estaba de pie en ese momento, pero mi alma se encontraba de rodillas ante Dios, y ya nunca pudo ni podrá volver a ponerse de pie.
      Dios los bendiga, hermanos.
     
     
Modificado el ( miércoles, 18 de agosto de 2010 )
 

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