|
Escrito por galo molina molina
|
|
sábado, 07 de enero de 2012 |
ESTÁ CLARO QUE NECESITAMOS ALGO MÁS QUE UN CONOCIMIENTO teórico de Dios. Sólo podemos conocer a Dios en la medida en que él se nos revela en las Escrituras, y no podemos conocer las Escrituras hasta que estemos dispuestos a ser transformados por ellas. El conocimiento de Dios sólo tiene lugar cuando también reconocemos nuestra profunda necesidad espiritual y cuando somos receptivos a lo que Dios ha provisto para nuestra necesidad mediante la obra de Cristo y la aplicación de esa obra en nosotros por el Espíritu de Dios. Podríamos comenzar con Apocalipsis 22:21 como con Génesis 1:1. Pero no hay mejor punto de partida que la revelación que Dios hace de sí mismo a Moisés en la zarza que ardía en fuego. Moisés, el gran líder de Israel, hacía tiempo que era consciente del Dios verdadero, porque había nacido en el
seno de una familia temerosa de Dios. "YO SOY EL QUE SOY" (Ex.
3:13-14). El nombre está relacionado con el antiguo nombre de Dios,
yave. Pero es algo más que un nombre. Es un nombre descriptivo, que nos señala todo lo que Dios es en sí mismo. Particularmente,
nos está mostrando que es un Ser completamente auto existente,
autosuficiente, y eterno. Dios es perfecto en su amor; sin embargo, por
su gracia, nosotros también amamos. Él es todo sabiduría; pero nosotros también poseemos una medida de sabiduría. Él es todopoderoso; y nosotros ejercemos un poder limitado. Esto mismo no sucede cuando consideramos la auto existencia, la autosuficiencia y la eternidad de Dios. Solo él posee estas características. Él existe en sí mismo y de sí mismo; no así nosotros. Él es completamente autosuficiente; nosotros no lo somos. Él es eterno, nosotros
acabamos de entrar en escena. La autoexistencia significa que Dios no
tiene ningún origen y, en consecuencia, no es responsable frente a nadie. La autoexistencia es un concepto difícil de aprehender, ya que implica que Dios en su esencia es incognoscible. Todo lo que vemos, olemos, oímos, saboreamos y tocamos tiene un origen. Casi no podemos pensar en otra categoría. Cualquier cosa que observemos debe tener una causa adecuada que explique su existencia. Buscamos esas causas. Esta relación de causa y efecto es la base de la creencia en Dios, y la poseen aun aquellos que no lo conocen verdaderamente. Estos individuos creen en Dios, no porque hayan tenido una experiencia personal con él o porque han descubierto a Dios en las Escrituras, sino sólo porque infieren su existencia. "Todo proviene de algo; como consecuencia, debe haber algo muy grande detrás de todo". Esta relación de causa y efecto nos está señalando la existencia de Dios pero -y este es el punto clave nos está apuntando a un Dios que supera nuestro entendimiento, un Dios que nos trasciende desde todo punto de vista. Para descubrir a Dios, los científicos pueden intentar rebajar a Dios a su nivel, definiéndolo como "la ley natural", "la evolución", o algún otro principio similar. Pero Dios todavía los elude. Dios es todavía
más que lo que abarca cualquiera de estos conceptos. La autoexistencia
de Dios significa que él no es responsable frente a nosotros ni frente a
nadie, y eso no nos gusta nada. Queremos que Dios se explique, que
defienda sus acciones. Dios no creó porque estuviera bajo ninguna
obligación, ni coacción, ni necesidad. Su opción por hacerlo fue exclusivamente un acto soberano de su parte, no hubo ninguna causa exterior a él, no fue determinado por nada sino su propio placer; ya que "hace todas las cosas según el designio de su voluntad" (Ef. 1:11). Creó sencillamente para manifestar su gloria... Dios no gana nada ni siquiera de nuestra adoración. No tiene necesidad de esa gloria exterior de su gracia que surge de sus redimidos, ya que es lo suficientemente glorioso en sí mismo.
|