| JESÚS DIO SU VIDA POR DÉBORA (Capítulo 19 de 24. ¡Tierra a la vistaaaa!) |
| Escrito por EDUARDO ESTEBAN FERREYRA | |
| lunes, 02 de noviembre de 2009 | |
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El domingo siguiente fue el célebre día en que el señor Alvarez pareció levantarse tan con el pie izquierdo. Como de costumbre, se levantaron muy temprano para poder armar tranquilos el puesto en la feria. Lógicamente, tenían intención de tomar varias tandas de mate allí, para lo cual llevaron el equipo correspondiente, y se les ocurrió que no estaría mal acompañarlo con una docena de facturas. Había una señora que las vendía en la feria, pero ya iban dos o tres fines de semana seguidos que la buena mujer llegaba al puesto de los Alvarez sin más que migajas, ya que mucho antes los puesteros le habían sacado literalmente las facturas de las manos. Por lo tanto, esta vez decidieron comprarlas en una panadería que las hacía muy ricas. A tal fin, el señor Alvarez estacionó el auto en la esquina, ya que no encontró otro lugar libre o donde su esposa pudiera bajarse sin llenarse los zapatos de barro, y la susodicha se bajó a hacer la compra. Había allí un grupo de tempraneros conversando animadamente, pero no parecían particularmente sospechosos, aunque todavía estaba bastante oscuro; así que dio la impresión de que era un buen lugar para estacionar. No lo era. El tema de conversación de los tempraneros era un cadáver humano que yacía cuan largo era a los pies de ellos, y que el señor Alvarez no vio. El no, pero su mujer sí. Se trataba de El Rata, alias que encubría a un muchacho metido en diversas actividades ilícitas y que ahora había recibido balazos múltiples, al parecer como parte de un ajuste de cuentas por parte de una banda rival de la suya. Ver aquel cuerpo lleno de sangre y con la mirada desencajada no fue muy regocijante para la señora de Alvarez; pero todavía la afectó más ver que un par de tipos salían de la panadería comiendo sus propias facturas y de esa manera se dirigían a ver al finado, como si se tratase de un espectáculo formidable, sin pizca de piedad o sentimientos humanitarios hacia el difunto. Habló del asunto con su marido al volver al auto, pero el señor Alvarez, si bien no pudo dejar de estremecerse ante el relato, no le dio demasiada trascendencia. No se le ocurrió que su esposa pudiera estar tan impresionada, porque la sabía capaz de consumir una película gore, de ésas que salpican de sangre al espectador, sin mover un pelo, aunque luego la mera visión de un inocente sapo la pusiera a gritar como para que la actriz Marilyn Burns en las escenas culminantes de la primera The Texas Chainsaw Massacre pareciera una monja que hubiese hecho votos de silencio. La señora de Alvarez, sin embargo, había quedado más impresionada de lo que parecía, en parte porque la vida real no es una película y en parte porque, como se ha dicho, la abrumó la indiferencia, la frialdad de aquellos individuos que veían a un pobre baleado masticando tranquilamente sus facturas. Pero no siguió insistiendo sobre el tema. Ya en la feria, el señor Alvarez, buscando papel de diario para envolver mercadería a un cliente, encontró una página que llamó su atención por las razones que se explicarán más adelante, y se la guardó en el bolsillo. Y ya alrededor de las dos y media o tres de la tarde, habiendo llegado de vuelta a casa, el elegante personaje impecablemente trajeado se le asomó, según su costumbre, encima del hombro izquierdo: -Llegó la hora, querido caballero-dijo, restregándose las manos con fruición-. Ahora podemos dedicarnos a nuestra vendetta, y nada de falsos escrúpulos cristianos, que lo cortés no quita lo valiente. Este individuo, por la magnitud de los crímenes, se ha hecho acreedor, como mínimo, a la silla eléctrica; ya pensaríamos en un castigo peor en caso de reincidencia. Ahora bien, no se ha hecho justicia, por lo tanto debemos tomar ésta en nuestras manos; pero apurémonos, porque ese amargo aguafiestas de Ocho en cualquier momento viene con su kilométrica lista de prohibiciones. No le haga caso. Recuerde que los gustos hay que dárselos en vida. -Estoy acá-gruñó la voz del habitué del hombro opuesto, quien había vuelto a su tradicional look de túnica, alas y aureola-. Pero esta vez no me voy a meter. Alvarez, aunque dé la impresión contraria, está lo bastante grandecito para saber que ciertas cosas no se hacen, y que puede ser un tanto embarazoso, si uno las hace igual, explicar por qué las hizo. Así que... Que haga lo que quiera. -Uy, ¡qué bueno, qué bueno!...-exclamó el otro, alborozado, mientras Alvarez sacaba de su bolsillo la página que había tomado del diario viejo y sacaba de otro bolsillo una lapicera. La señora de Alvarez, mientras tanto, discutía con Lucy, pero de esto su esposo, ocupado con lo suyo, ni se había enterado. Lucy, es cierto, había estado un tanto floja ese día al no poner a calentar la comida cuando vio venir a sus padres. Lo hacía siempre, cuando sus padres volvían de la feria. Pero últimamente estaba un tanto deprimida, como se dijo antes; y por estar demasiado inmersa en sus propios problemas, justo ese día no tuvo en cuenta su atención habitual. Fue mala cosa, porque la señora de Alvarez no estaba en el mejor de sus días; y empezó a ladrarle a su hija por no pensar en sus pobres padres que volvían agotados luego de pasarse buena parte del domingo trabajando como locos. Lucy se indignó y se defendió, con algo de razón. Después de todo, si siempre los esperaba con la comida caliente, por iniciativa propia, ¿era justo que se la crucificase porque un día se había olvidado?... La señora de Alvarez, con miras (ignoradas por ella misma) de que Lucy se reconociese culpable de alta traición y comenzara a autoflagelarse, empezó entonces a relatar la macabra experiencia vivida por la mañana. Y en ello estaba cuando vio que su marido, lejos de prestar atención a aquel replay, se hallaba mentalmente a miles de kilómetros de distancia de allí. En cuanto a su ubicación física, podía localizárselo sentado a la mesa, convenientemente provisto de una hoja de papel de diario y una lapicera. -¡Podrías dejar, por una vez, de resolver crucigramas cuando estoy hablando, y hacer como si te importara lo que digo!-exclamó la señora de Alvarez. El señor Alvarez miró a su esposa con la misma inocencia con que Caperucita Roja debe haber mirado al lobo. El que dicho sea de paso, en cuanto a ferocidad, en este momento era superado ampliamente por la señora de Alvarez. -Ah, esteee.... No, no es un crucigrama-dijo. -Bueno, ¡el sudoku!-gruñó su esposa. -Tampoco. La señora de Alvarez estiró el cuello y descubrió entonces las actividades a las que con tantas ganas se hallaba dedicado en este momento su esposo. En la página del diario había la foto de un barbudo a quien un titular denunciaba como Peter Jackson, director de cine. Lapicera en mano, el señor Alvarez se había dedicado a mejorar la imagen de Jackson aplicándole rimmel, colorete, pintura de labios, aros y esmalte para uñas. No era un trabajo fácil eso de maquillar a un tipo tan barbudo, pero el señor Alvarez se las había ingeniado bastante bien, merced a resentimientos que exigían venganza. Todo lo cual, le vino que ni pintado a la señora de Alvarez. -¿Y a esta estupidez te dedicás en vez de darme una mano en la cocina, que yo estoy tan cansada como vos?-chilló-. ¿Para hacer esto te sentás ahí como un rey en su trono esperando que la plebe venga a atenderlo? El señor Alvarez no veía cine gore ni nada que tuviera que ver con el género del terror. Ya bastante tenía en su vida cotidiana con esa obra maestra del horror moderno llamada Mi esposa tiene síndrome premenstrual, que hacía que su media naranja, de ser una mujer normal, pasara a lucir como una mezcla entre un Gremlin y Jack el Destripador. Advirtió que eso era precisamente lo que estaba ocurriendo en este preciso instante. Pacifista, intentó que primara la cordura. -Esteee... Bueno, querida, me parece que...-dijo torpemente. Pero la señora de Alvarez había encontrado una perfecta hoguera en la que inmolarse para pasar a la historia conyugal y familiar como una sufrida mártir. -¡En esta casa nadie me presta atención!-chilló-. ¡Soy solamente una sirvienta, una fregona!-y estalló en sollozos. El síndrome la estaba afectando fuerte esta vez. Lucy y su padre intercambiaron una mirada de conmiseración, y trataron de convencerla de que no era así, de que estaba exagerando. -¿Ves, Alvarez?-susurró Ocho al oído de su protegido-. Esto te pasa por dedicarte a frivolidades infantiles en vez de prestar atención a cosas más importantes como... Bueno, las necesidades de tu esposa. -¡No te permito!-exclamó Querido Caballero, indignado-. ¡Castigar el crimen no es ninguna frivolidad infantil! Ese canalla se burló del público con su King Kong, poniendo a prueba la credibilidad del espectador haciendo hamacarse a dos tiranosaurios y un simio tamaño familiar sobre unas lianas al parecer mucho más resistentes que la tela de la araña sobre la que se balanceaban los famosos elefantes de la canción, ¿te parece serio eso? -Como es muy creíble que en una isla que nadie conoce se encuentre a un único mono gigante...-ironizó Ocho-. Independientemente, Alvarez la vio toda. Parece que ignora que un invento maravilloso llamado control remoto permite a perezosos de su calaña cambiar de canal sin mover el trasero del asiento. -Sí, ¡pero es que no había nada mejor en la televisión! -¡Ya sé que suena raro, pero ese mismo control remoto tiene un botón que permite apagar el aparato!... Si revisamos los Diez Mandamientos, veremos que entre ellos ninguno dice MIRARÁS TELEVISIÓN HASTA QUEDAR IDIOTA o VERÁS "KING KONG" DE PRINCIPIO A FIN. -¡Recién estoy empezando! ¡Todavía no hemos hablado de ese ultraje al sentido común, al buen gusto y a la memoria de Tolkien que es esa vomitiva trilogía en celuloide intitulada El Señor de los Anillos! -A mucha gente le gustó. Luego de ver la primera, sin embargo, Alvarez no tenía por qué seguir con los otros dos engendros. -Ah, Ocho, no lo defiendas, ¡Jackson es un estúpido! -Y entonces, ¿Alvarez de qué se queja? En este caso nunca han hecho más juego el director de cine con su espectador. Sí, porque no vas a decirme que es muy inteligente eso de tragarse tres películas, una detrás de la otra, sabiendo por haber visto la primera que las segundas serían iguales o aún peores, y pasarse todas y cada una de las películas protestando. No sé, otros espectadores tal vez también sean idiotas por ver El Señor de los Anillos, pero no tanto: a ellos les gustó, no se la pasaron quejándose. Si a Alvarez no le gustaba, podía ver cualquier otra cosa, aunque más no fuera el atardecer. Dios no cobra por ese tipo de espectáculos, y es mejor que El Señor de los Anillos, King Kong y todas las películas que se te ocurran. Por supuesto, no hubo forma de convencer a Ocho, ni éste logró persuadir a su rival. En realidad, tampoco pensaban que iban a hacerlo. No tuvieron mucha más suerte Lucy y el señor Alvarez en sus intentos de aplacar a su respectiva madre y esposa. Cuando trataron de convencerla de que ellos calentarían la comida, se negó rotundamente (¡¡¡Esas cosas tienen que nacer de uno!!!) y cuando al fin se logró almorzar, se hizo en medio de un clima de velorio, con la señora de Alvarez escurriendo sus últimas lágrimas y su malhadada familia consultándose con la mirada y preguntándose cuál de ellos sería el primero en ascender al patíbulo. Al poco de almorzar, sonó el teléfono. Era Doña Cata. El viernes anterior o el sábado (no estaba segura) había perdido la billetera y recién ahora se le ocurría: ¿podría haber quedado en el localcito donde se reunía el grupo de oración? Era una billetera de cuero negra, con una estampita de la Virgen del Valle... -¡Ah, sí, creo que sí!-dijo el señor Alvarez-. Yo tengo llave. Voy, me fijo y si está, se la llevo de una corrida. Estaba feliz de tener una excusa para huir de la guarida de la fiera. Era de esperar que a su regreso ésta se hallara ahíta y le perdonase la vida... El señor Alvarez anunció a dónde se iba, puso en marcha el motor del auto y fue a abrir el garaje. En ello estaba cuando vio que Tony, el tecladista de Supremacía Satánica, salía de la sala de ensayo que estaba al lado. -Buenas tardes, señor-saludó el muchacho melenudo, amablemente. -Hola, pibe... ¿Qué hacés por acá hoy?-preguntó Alvarez. -Vine a buscar la billetera. Casi siempre me la olvido. Y si no es eso, es otra cosa-dijo Tony, como con vergüenza. -Hmmmm... Sí, parece que ése es un deporte muy extendido últimamente. Justo tengo que buscar una que otra persona dejó en nuestro grupo de oración. En ese momento se oyó otro estridente grito de la señora de Alvarez, al parecer dirigido ahora a la infortunada Lucy. -Caramba... Seguimos cantando Aleluyas al Señor...-murmuró irónicamente Alvarez. -Escuché que estaban discutiendo-admitió Tony-. Si le sirve de consuelo, me peleé con mi novia. Si Tony los había oído discutir, debía llevar buen tiempo ahí, en la sala de ensayo. ¿Qué habría estado haciendo? ¿Necesitaría, tal vez, conversar con alguien? -¿Se arrepiente de haberse casado, señor? -No; eso nunca. A veces es difícil, pero tiene sus compensaciones. Mi mujer es una buena compañera. La mejor que podría esperar. Es más, generalmente es ella la que me tiene que aguantar a mí. Lo que pasa es que, aunque muy espaciado, a veces le toca a ella... Y cuando eso sucede, vale por cinco o seis de las mías, creo... Y justo ocurrió hoy. Pero la verdad es que, si tuviera que casarme hoy, lo pensaría mucho. Son malos tiempos para empezar un matrimonio; las parejas que uno ve alrededor en general no alientan a casarse. -Es cierto. Creo que la pelea que tuvimos ahora con mi novia fue la última; no tiene sentido, por muchos que nos amemos, que sigamos haciéndonos mierda el uno al otro. ¿Pudo escuchar algo de lo que le prestamos, señor? -Algo. Lorenna Mackennitt, Stille Volk, Mitternacht... No tenía idea de que escucharan cosas tan melodiosas. Pensé que solamente oían black metal y eso. Algunas de las cosas que escuché son mejores que las que pasan por la radio. -Sí-sonrió Tony, melancólica y pensativamente, como si recordara algo muy hermoso que llevara tiempo desaparecido. Y Alvarez recordó algo que había oído alguna vez en alguna parte: La música es el llanto del hombre por el Paraíso perdido-. Me alegra haberlo visto, señor. Que se mejoren sus cosas. -Lo mismo digo, pibe. Cuidate...-recomendó Alvarez, sonriendo paternalmente. Cuando Tony se fue, Alvarez sacó al fin el auto del garaje, cerró la puerta del mismo y en muy pocos minutos estuvo en el local donde se reunía el grupo de oración del que él y su esposa eran servidores. En un cajón de un armario donde se guardaban los objetos extraviados encontró una billetera como la descripta por Doña Cata; así que se la guardó y fue a llevársela. Dio la casualidad de que Cacho, el marido de Doña Cata, decidió justo ese día volver a buscar unas cosas a su antiguo hogar. A Cacho la vida no le sonreía últimamente, excepto en forma burlona: lo habían despedido del trabajo (por motivos de reeestructuración, según le dijeron) aunque pagándole una jugosa indemnización; el auto se le había descompuesto; y luego de que su mujer lo echara de la casa, había vagado de pensión en pensión hasta encontrar una que por fin lo convenciera, aquella donde se hospedaba ahora. Durante uno de esos vagabundeos de pensión en pensión, transportando en brazos el televisor en blanco y negro, el mismo se le había caído y descompuesto y, como era viejo, ponerlo de nuevo en marcha iba a ser difícil. Dio también la casualidad de que ese mismo día, alguien fue informado de un chisme acerca de Débora. Y dio también la casualidad de que Débora ese día estaba con un mal humor de la gran siete, porque Fabio había quedado en venir a buscarla y no había cumplido y porque enfrente, en la casa situada a la derecha de la casa de Doña Cata, la señora de Domínguez la estaba volviendo loca con su colección de latinos románticos. Ricky Martin, Chayanne, Alejandro Sanz, Luis Miguel, Julio y Enrique Iglesias, todo al máximo volumen... ¿Qué mejor vehículo para ingresar al manicomio más cercano? Débora, en este momento, sentía mucha envidia por los sordos. Eran demasiados ingredientes y todos ellos muy explosivos, pero el señor Alvarez no lo sabía. Lo bueno de no saber lo que a uno le depara el destino es que se ahorra el atrincherarse en el hogar, negándose rotundamente a abandonar el mismo. Eso hubiera hecho el señor Alvarez en caso de saber qué le aguardaba ese día por tratar de hacer de scout que cumple con su buena acción del día. Cacho se tomó un remís hasta la casa que hasta hacía poco tiempo atrás había sido su hogar. Llegado a la misma, vio en la puerta al señor Alvarez arrastrándole el ala (dedujo él) a Cata, su esposa. ¿Ah, sí? ¿Así que el mosquita muerta chupacirios aprovechaba su ausencia para hacerse el donjuán? ¡Ahora iba a ver! ¡Nadie tocaba a la esposa de Cacho Sanguinetti! ¡Y de Cacho Sanguinario, que eso era él ahora, menos todavía! Bajó del remís hecho una furia, creo que no consecuencia de síndrome premenstrual, sin pagar al remisero ni aclararle que lo esperara para el viaje de vuelta. En ese momento salía Débora de la casa de Doña Elvira, escudriñando el horizonte a ver si Fabio aparecía tardíamente; y al ver que Cacho embestía como una tromba en dirección al señor Alvarez, se alarmó, porque se dio cuenta de que iba a tener lugar una barbaridad. El remisero, furioso porque Cacho no le había pagado, fue tras él, reclamando inútilmente lo que se le debía. Cacho dirigió un derechazo directo al ojo izquierdo del señor Alvarez, quien se desplomó como noqueado por Tyson. -¿¿¿PERO TE VOLVISTE LOCO, CACHO???-rugió Doña Cata. El remisero, asustado por la escena de violencia, dio media vuelta, emprendiendo cobarde y vergonzosa fuga y arrollando por el camino a la pobre Débora que venía a ayudar. Débora soltó un rosario de palabrotas (pero tampoco ella tenía síndrome premenstrual, era su jerga habitual, tal vez algo más subida de tono) que fundirían la computadora donde estoy escribiendo si intentara trascribirlas. El remisero no las oyó: desapareció en lontananza, y calculo que para cuando Débora terminó de soltarlas, él ya debía estar, por lo menos, llegando a Beijing, tan rauda fue su huida. -¿PERO SOS IDIOTA O QUÉ?-continuó bramando Doña Cata, tras oír las inconsistentes explicaciones de su celoso marido-. ¿A VOS TE PARECE QUE SI TUVIERA A UN AMANTE LO RECIBIRIA A PLENA LUZ DEL DIA... Y CON ESTA FACHA? Pero, pero, pero. Cacho no sabía qué decir. De repente era consciente de que acababa de hacer una estupidez y una injusticia. Yo temería seriamente a alguien que se toma vendettas privadas contra malos directores de cine. Cacho no sabía que Alvarez se dedicara a esas cosas, pero igual temió. Los ojos del señor Alvarez no auguraban nada bueno para él. En ese momento, un cascajo se estacionó enfrente y de allí se bajó cierto individuo. Nadie le prestó atención. Cuando sucede algún hecho escandaloso, no sé cómo será en otros países, pero en Argentina se forman verdaderos embotellamientos de tránsito debido a la cantidad de automovilistas que se detienen para presenciar el hecho en primer fila. Por esa calle, tantos autos no pasaban. Igual, unos cuantos vecinos que no querían perderse el acontecimiento salían de sus viviendas para ser testigos. Y encima, otra contienda principiaba a hombros del señor Alvarez: -Levántese, estimado caballero, y déle su merecido, ¡lavaremos la afrenta con sangre! -Alvarez: sofrenate un poco-aconsejó Ocho-. Sólo un poco-añadió con voz siniestra; porque la verdad era que a Cacho no le vendría mal un flor de sacudón. En ese momento, Débora tomaba cartas en el asunto de Cacho y el señor Alvarez: -¿Está loco?-increpó al primero de los nombrados-. ¡Ya se está pareciendo a ese cavernícola de Beto Gigena! -¡¡¡Y QUÉ PASA CONMIGO, EH, QUÉ TENÉS QUE DECIR VOS!!!-tronó un vozarrón colérico. Nunca la aparición de una persona pareció tanto como esa vez una réplica a una invocación. Débora se volvió en son de guerra. Allí estaba, en efecto, Beto Gigena; y sospecho, no sé por qué, que tampoco él tenía síndrome premenstrual. Beto y Débora jamás se habían caído simpáticos el uno al otro. En la famosa sesión de terapia grupal con la sico-loca se habían ido al traste incluso las mínimas esperanzas de que ambos llegaran a ponerse al menos buena cara por educación. Pero ahora directamente se caían mal. Débora tenía ahora catalogado a Beto Gigena como un marido golpeador, y éste la veía a ella, por una información conseguida hacía apenas minutos, como la mala hembra que había metido cizaña en su matrimonio, haciendo que Lola lo abandonara. -¡TE VOY A MATAR, PUTA, DESGRACIADA!-bramó Beto-. ¿YA TE ESTAS METIENDO A ARRUINAR OTRA FAMILIA? -¡NO SEAS PELOTUDO, Y MEJOR QUEDATE DONDE ESTÁS!-replicó Débora, tomando medio ladrillo que encontró suelto en el piso a modo de improvisada arma-. NO HABIA NADA QUE ARRUINAR EN TU CASA, PORQUE AHÍ NO HABÍA NINGUNA FAMILIA. VOS NO ERAS ESPOSO NI PADRE, Y LOLA Y LOS CHICOS TE TENÍAN MIEDO, PEDAZO DE INFELIZ. -Débora no tuvo nada que ver en lo de Lola. Yo le dije que se fuera-mintió el señor Alvarez, pensando que era mejor que Beto se la agarrara con él y no con Débora que, aunque poco ortodoxa, seguía siendo una dama. -¿VOS? ¡LINDO CRISTIANO!... ¡ENCIMA HACÉS CORNETA A UNO DE TUS VECINOS!-exclamó Beto, volviéndose hacia él. -¡Usted cállese la boca!-le gritó Doña Cata. -Sos un descerebrado, Beto. Vos te crees que haciéndote el macho quedás bárbaro, y hacés el ridículo-dijo Débora. -¡Callate, que por gente como vos el país está como está!-gritó Beto. -Callate vos, que sos un idiota, un imbécil, un resentido y un troglodita-contestó Débora, lamentando, tal vez, no encontrar más insultos a mano. Beto contestó algo a lo que Débora no prestó atención. De repente notaba que se había ido congregando un público eminentemente femenino en torno a la escena. -Mirá, en serio, mejor callate y llevate a tu discípulo-lo interrumpió-. Vos ahora venís a reclamarnos porque, según decís, arruinamos tu familia, pero es culpa tuya, que no tratabas a tu mujer y a tus hijos como corresponde. Si vos hubieras sido un hombre como la gente, Lola y los chicos todavía estarían con vos. Pero no. Las querías todas para vos. Querías ir al bar y chuparte hasta el agua de los floreros, volver mamado a tu casa, hacerte el recio gritando y, me enteré ahora, golpeando a quien tendrías que haber más bien protegido; y encima, después de todo eso, querías que tu mujer y tus hijos te tuvieran adoración. Cuando estuvimos en lo de esa sicóloga chiflada, no ibas a admitir, no fuera a caérsete una piedra de la corona, que era culpa tuya que tuvieras problemas. En vez de eso, le echaste la culpa a la pobre Lola, que era casi una santa y que te tendría que haber mandado a la mierda mucho antes. ¿Ves? Para eso sos bueno. Por lo demás sos un borracho, un golpeador y un fracasado. Un mediocre, igual que tantos tipos que, cuando ven a alguien que es de verdad un caballero y que de verdad vale la pena, como el señor Alvarez, tratan de hundirlo para sentirse más que él. Débora dijo todas estas cosas sin gritar, pero con mucha decisión y mirando más al nutrido público que al propio Beto; y las damas de la concurrencia, que se sentían como consultadas por Débora y arengadas contra Beto, contra Cacho y contra todos los machistas que anduvieran dando vueltas por ahí, empezaban a sulfurarse: -¡Qué barbaridad! ¿A dónde vamos a ir a parar? -¡Desgraciados, en la cárcel, ahí es donde tendrían que estar! -¡Estas cosas pasan solamente en este país! Daba la impresión de que si Beto y Cacho seguían allí, iban a terminar linchados por todas aquellas féminas, de manera que optaron, cada uno por su lado, por batirse en retirada. Pero mientras Cacho se había vuelto casi diminuto, aceptando su culpabilidad, Beto, cual chico malcriado, iba con expresión de resentimiento. El público los siguió con la vista insultándolos mucho. -Pobre infeliz. Me da lástima-dijo el señor Alvarez, escupiendo sangre. -¿Beto? ¡Si es un mal bicho!-masculló Débora, hostil. -Sí, pero encima cree ser la víctima en todo este asunto. Creo que se convenció de esa idea porque le da miedo admitirse culpable de todos sus fracasos. Siempre es más cómodo culpar a otros, porque de esa forma uno no tiene que cambiar-explicó el señor Alvarez. -Venga, pase. Vamos a curar eso...-dijo Doña Cata, viendo la mandíbula de Alvarez, golpeada con tantas ganas e ímpetu por el puño de Cacho. -Bah. Deje... Creo que me va a venir bien...-murmuró el señor Alvarez. Y volvió a casa así como estaba, y su mujer, al verlo lastimado, se conmovió, enterró el hacha de guerra, pidió disculpas por su conducta anterior. Y el señor Alvarez no necesitó demasiado para disculparla. Después de todo, ese día había visto unas cuantas demostraciones de locura que ningún síndrome premenstrual podía justificar. Y Débora, en casa de Doña Elvira, reflexionaba sobre las palabras del señor Alvarez: Cree ser la víctima en todo este asunto... Siempre es más cómodo culpar a otros... De esa forma uno no tiene que cambiar.
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| Modificado el ( miércoles, 11 de noviembre de 2009 ) |